Friday, November 13, 2009

Un día de trabajo

Truman Capote




Escena: Una lluviosa mañana de abril, 1979. Voy caminando por la Segunda Avenida en la ciudad de Nueva York, llevando una vieja bolsa de compras, de hule, repleta de materiales de limpieza de propiedad de Mary Sánchez, que va a mi lado tratando de protegerme con un paraguas, lo que no es muy difícil, ya que es mucho más alta que yo, de metro ochenta de estatura.

Mary Sánchez es una profesional de la limpieza que trabaja por hora, a cinco dólares la hora, seis días por semana. Trabaja unas nueve horas al día, y por lo general visita unos veinticuatro domicilios diferentes entre lunes y sábados. Sus clientes generalmente no requieren sus servicios más que una vez a la semana.

Mary tiene cincuenta y siete años, y es nativa de un pueblito de Carolina del Sur, hace cuarenta años vive en el “Norte”. Su marido, un portorriqueño, murió el verano pasado. Tiene una hija casada que vive en San Diego, y tres hijos varones, uno de los cuales es dentista, el otro está cumpliendo una condena de diez años por robo a mano armada, y el tercero “se ha ido, simplemente. Dios sabe adónde. Me llamó la Navidad pasada, y sonaba como de muy lejos. Le pregunté adónde estás, Pete, pero no quiso decirme, así que le dije que su papá había muerto, y me dijo qué bien, que ése era el mejor regalo de Navidad que podía darle, así que corté, con todas mis fuerzas, y espero que nunca vuelva a llamar. Escupir de esa manera en la tumba del papá. Bueno, claro, Pedro nunca fue bueno con los chicos. Ni conmigo. No hacía más que emborracharse y jugar a los dados. Andaba con malas mujeres. Lo encontraron muerto en un banco del Central Park. Tenía una botella vacía de Jack Daniels envuelta en una bolsa de papel madera entre las piernas. Ese hombre siempre bebió únicamente lo mejor. Aun así, Pete fue demasiado lejos al decir que se alegraba de que su padre estuviera muerto. Le debía el don de la vida, ¿no? Y yo también debía algo a Pedro. Si no fuera por él, seguiría siendo una ignorante bautista, perdida para el Señor. Pero al casarme, me casé por la Iglesia Católica, y la Iglesia Católica trajo un brillo a mi vida que nunca se ha apagado, y nunca se apagará, ni siquiera cuando muera. Crié a mis hijos en la Fe. Dos salieron muy bien, y eso se lo debo a la Iglesia, más que a mí.”

Mary Sánchez es musculosa, pero tiene una cara agradable, redonda, pálida y afable, con una nariz respingada y un lunar en lo alto de la mejilla izquierda. No le gusta el término “negro” cuando se aplica racialmente. “Yo no soy negra. Soy morena. Una mujer de color, morena clara. Y le diré otra cosa. No conozco a muchas otras personas de color a quienes les gusta que les digan negros. A lo mejor algunos jóvenes. Y los extremistas. Pero no las personas de mi edad, ni la mitad de jóvenes. Ni siquiera les gusta a los que son realmente negros. Yo soy de color, y católica, y me enorgullezco al decirlo.”

Conozco a Mary Sánchez desde 1968, fecha en que empezó a trabajar para mí, y ha seguido haciéndolo periódicamente. Es concienzuda y se interesa más de lo acostumbrado en sus clientes, a algunos de los cuales apenas conoce, o no ha visto en absoluto, ya que muchos son hombres y mujeres solteros que trabajan y no están en casa cuando ella llega a limpiarles el departamento. Se comunican recíprocamente por notas: Mary, por favor riegue los geranios y dé de comer al gato. Espero que usted esté bien. Gloria Scotto.

Una vez le dije que me gustaría seguirla durante un día de trabajo, y ella dijo que bueno, que no veía nada malo en ello y que, en realidad, disfrutaría de mi compañía. “Una se siente sola en este trabajo a veces.”

Es por eso que camino a su lado esta lluviosa mañana de abril. Vamos a su primer trabajo: a lo de un tal Andrew Trask, que vive en la calle setenta y tres este.

TC: ¿Qué diablos lleva en esta bolsa?

MARY: Démela. No puedo soportar las maldiciones.

TC: No. Perdón. Pero es pesada.

MARY: Debe ser la plancha.

TC: ¿Plancha la ropa? Nunca lo hace para mí.

MARY: Algunas de estas personas no tienen nada. Por eso tengo que llevar tantas cosas. Les dejo notas: compren esto o aquello. Pero se olvidan. Parece que cada uno está envuelto en sus propias preocupaciones. Como este Mr. Trask, adonde vamos ahora. Hace siete, ocho meses que trabajo para él, pero no lo he visto todavía. Pero bebe demasiado, y su mujer lo dejó por eso, y debe a todo el mundo; cuando contesto el teléfono, es alguien que trata de cobrar. Pero ahora le han desconectado el teléfono.

(Llegamos a la dirección y ella saca de una cartera que lleva colgada del hombro un enorme llavero de metal con docenas de llaves. El edificio es de cuatro pisos, con un ascensor diminuto).

TC (después de entrar y echar un vistazo a la casa de Trask, que consta de una habitación grande, de paredes color verde arsénico, con kitchenet y un baño con inodoro roto, pues el agua no cesa de correr): Hmm. Ya veo lo que quiere decir. Este hombre tiene problemas.

MARY (abriendo un ropero húmedo y atestado de ropa con olor a sudor): ¡No hay una sábana limpia en toda la casa! ¡Y fíjese en esa cama! ¡Mayonesa! ¡Chocolate! Migas, migas, goma de mascar, puchos. ¡Lápiz labial! ¿Qué clase de mujer se rebajaría a meterse en una cama como esta? Hace semanas, meses, que no puedo cambiar las sábanas.

(Enciende varias lámparas con pantallas torcidas, y mientras trata de organizar el desorden circundante, observo detenidamente el lugar. En realidad, parece que hubiera entrado un ladrón, dejando abiertos algunos cajones del escritorio, otros cerrados. Sobre el escritorio hay una foto: es de un hombre muy macho, moreno y corpulento, una rubia arrogante de una asociación universitaria y tres muchachos rubios, tostados por el sol, sonrientes, de dientes protuberantes. El mayor tendrá unos catorce años. Hay otra foto, ésta sin marco, metida en el espejo manchado: otra rubia, aunque decididamente no universitaria: tal vez levantada en Maxwell´s Plum. Debe ser de ella el lápiz labial de las sábanas. Sobre el piso se ve el número de diciembre de True Detective, y en el baño, apiladas junto al inodoro que no para nunca, revistas de mujeres desnudas: Penthouse, Hustler, Oui. Aparte de esto, parece haber una ausencia total de posesiones culturales. Hay cientos de botellas vacías de vodka por todas partes, del tipo miniatura que sirven en los aviones.)

TC: ¿Por qué beberá nada más que estas miniaturas?

MARY: A lo mejor no puede comprar tamaño más grande. Compra lo que puede, nada más. Tiene un buen empleo, aunque no sé si podrá conservarlo. Supongo que su familia le saca todo el dinero.

TC: ¿Qué hace?

MARY: Trabaja en los aviones.

TC: Eso lo explica. Consigue estas botellitas gratis.

MARY: ¿Sí? ¿Cómo? No es camarero, sino piloto.

TC: Oh, Dios mío.

(Suena el teléfono, con tono apagado, pues el aparato está sumergido debajo de una frazada arrugada. Frunciendo el entrecejo, con las manos mojadas de detergente pues está lavando los platos, Mary lo desentierra con la delicadeza de un arqueólogo.)

MARY: Se lo debe haber vuelto a conectar. ¿Hola? (Silencio.) ¿Hola?

VOZ DE MUJER: ¿Quién habla?

MARY: Habla con la residencia de Mr. Trask.

VOZ DE MUJER: ¿La residencia de Mr. Trask? (Risas. Luego tono arrogante). ¿Con quién hablo?

MARY: Con la mucama de Mr. Trask.

VOZ DE MUJER: De modo que Mr. Trask tiene mucama, ¿eh? Bueno, algo que Mrs. Trask no tiene. ¿Quiere la mucama de Mr. Trask hacer el favor de decirle a Mr. Trask que la Mrs. Trask quiere hablar con él?

MARY: No está en casa.

MRS. TRASK: No me mienta. Llámelo al teléfono.

MARY: Lo siento, Mrs. Trask, supongo que está volando.

MRS. TRASK (con amarga alegría): ¿Volando? Siempre está volando, querida. Siempre.

MARY: Quiero decir que está trabajando.

MRS. TRASK: Dígale que me llame no bien llegue, si es que sabe lo que le conviene.

MARY: Sí, señora, le dejaré el mensaje. (Corta.) Qué mujer despreciable. No me extraña que él esté como está. Y ahora se ha quedado sin trabajo. ¿Me habrá dejado el dinero? Ah, sí. Ahí está. Encima de la heladera.

(Sorprendentemente, después de una hora, más o menos, ha logrado camuflar el caos y hecho que la habitación, si bien no está en perfecto estado, parezca respetable. Con un lápiz, escribe una nota y la calza en el marco del espejo: Estimado Mr. Trask, su esposa quiere que la llame a casa de su hermana, atentamente Mary Sánchez. Luego suspira, se sienta en el borde de la cama y de su boca saca una pequeña caja de lata llena de puchos de marihuana. Elige uno, lo pone en una boquilla, lo enciende y aspira profundamente, conteniendo el humo en los pulmones mientras cierra los ojos. Me ofrece una pitada.)

TC: No, gracias. Es demasiado temprano.

MARY: Nunca es demasiado temprano. De todos modos, debería probar esto. Muchos cojones. Lo consigo de una cliente, una señora católica muy distinguida. Está casada con un hombre de Perú. La familia de él se lo envía. Directamente por correo. Nunca fumo para drogarme, un poquito, nada más, para borrar lo malo. La pesadez. (Aspira el humo de su cigarrillo hasta que casi le quema los labios). Andrew Trask. Pobre diablo asustado. Podría terminar como Pedro. Muerto sobre el banco de un parque, sin que a nadie le importe. No es que a mí no me importara mi marido. Últimamente no hago más que recordar los buenos momentos pasados con Pedro, y supongo que eso es lo que pasa con la gente que una vez amó a alguien y luego lo perdió. Lo malo se olvida, y una se detiene en las cosas lindas, en lo que hizo que una los quisiera al principio. Pedro, el hombre joven del que me enamoré, era un bailarín maravilloso, sabía bailar el tango, la rumba, me enseñó a bailar y nos cansamos de bailar. Siempre íbamos a los bailes del viejo Savoy. Era limpio, pulcro, hasta cuando se entregó a la botella tenía las uñas limpias, bien cortadas y pulidas. Y sabía cocinar de todo. Así se ganaba la vida, como cocinero. Le dije que nunca hizo nada por los chicos, pero les preparaba el almuerzo que llevaban a la escuela. Sandwiches de todas clases envueltos en papel encerado. De jamón, de manteca de maní y dulce, de huevo, atún, y les ponía frutas, manzanas, bananas o peras y un termo lleno de leche tibia con miel. Me duele cuando pienso en él solo en el parque, y que no lloré cuando vino la policía a avisarme. Debí haber llorado. Por él, se lo debía. Le debía un puñetazo en la mandíbula, también.

Voy a dejar las luces encendidas para Mr. Trask. No es bueno que entre en una pieza oscura.

(Cuando salimos ya la lluvia había cesado, pero el cielo seguía amenazante y el viento que se había levantado arrojaba la basura por las cunetas y hacía que los transeúntes aferraran sus sombreros. Nuestro destino quedaba a cuatro cuadras. Era un edificio de departamentos, modesto pero moderno, con portero uniformado. Íbamos a la casa de Miss Edith Shaw, una joven de veintitantos años que formaba parte del personal de la editorial de una revista. “Una revista de noticias. Debe tener mil libros. Aunque no parece un ratón de biblioteca. Es una chica muy saludable, y tiene muchos amigos. Demasiados. Ningún muchacho parece durarle. Nos hicimos amigas porque... Bueno, un día fui a su departamento y estaba muy enferma. Había asesinado a su bebé, con un médico. Normalmente yo no apruebo eso: es contrario a mis creencias. Le dije: ¿Y por qué no se casó con el hombre? La verdad es que no sabía quién era el padre, así que no sabía con quién casarse. Y además, lo que menos quería era un esposo o un hijo.”)

MARY (examinando la escena desde la puerta del departamento de dos dormitorios de Miss Shaw, que acababa de abrir): No hay mucho que hacer aquí. Sacar un poco el polvo. Ella lo cuida bien. Fíjese en todos esos libros. Hasta el techo. Nada más que biblioteca.

Excepto por los estantes cargados de libros, el departamento era atractivo, nada recargado, con muebles escandinavos blancos y lustrosos. Había un mueble antiguo: un escritorio de tapa corrediza con una máquina de escribir. Una hoja de papel en la máquina. Me fijé en lo que estaba escrito:

“Zsa Zsa Gabor tiene

305 años

lo sé

porque le conté

los anillos.”

Y a triple espacio, decía:

“Sylvia Plath, te odio

y odio a tu maldito papito.

Y me alegro me oyes,

me alegro de que hayas metido

la cabeza en el horno.”

TC: ¿Es poeta la señorita Shaw?

MARY: Siempre está escribiendo algo. No sé qué es. Lo que veo me hace pensar que escribe drogada. Venga, quiero mostrarle algo.

(Me lleva al baño, que me sorprende por lo grande y resplandeciente. Abre la puerta de un armario e indica un objeto en un estante: es un vibrador rosado, de plástico, con la forma de un pene de tamaño natural.)

¿Sabe qué es?

TC: ¿Usted no?

MARY: Yo le pregunté primero.

TC: Es un consolador.

MARY: Ya sé. Pero nunca vi uno igual a éste. Dice Made in Japan.

TC: Ah, bueno. La mente oriental.

MARY: Paganos. Tiene unos perfumes maravillosos. Si a una le gusta el perfume. Yo no me pongo más que un poco de esencia de vainilla detrás de las orejas.

(Mary empezó a trabajar, barriendo los pisos encerados, sin alfombras, y pasando un plumero por los estantes. Mientras trabajaba mantenía abierta la caja de cigarrillos de marihuana, y no dejaba de fumar. No sé cuánta “pesadez” debía levantar, pero el aroma solamente me elevaba.)

MARY: ¿Está seguro de que no quiere un par de pitadas? Se está perdiendo algo bueno.

TC: Usted me obliga.

(De muchacho y de hombre he probado marihuana fuerte, si bien nunca para enviciarme, lo suficiente para reconocer la diferencia entre la hierba mexicana común y el contrabando de lujo, como Thai y la soberbia Maui-Wowee. Mientras fumaba un cigarrillo entero y la mitad de otro de los de Mary, me sentía como poseído por un demonio delicioso, presa de una loca y maravillosa alegría: el demonio me hacía cosquillas en los dedos de los pies, me rascaba la cabeza, que me picaba, me besaba apasionadamente con sus rojos labios azucarados, me metía la fogosa lengua en la garganta. Todo relucía. Mis ojos eran lentes de una cámara fotográfica: alcanzaba a leer los títulos de los libros en los estantes superiores: La personalidad neurótica de nuestro tiempo por Karen Horney, Eimi, por e. e. cummings; Los cuatro cuartetos, Poesía completa, de Robert Frost.)

TC: Desprecio a Robert Frost. Era un hijo de puta malvado y egoísta.

MARY: Si vamos a empezar a maldecir...

TC: Con su halo de pelo desgreñado. Un sádico egomaníaco y traidor. Arruinó a toda su familia. A algunos de ellos. Mary, ¿has discutido esto alguna vez con tu confesor?

MARY: ¿Con el padre McHale? ¿Discutido qué?

TC: Este precioso néctar que estamos divinamente devorando, mi adorable amiga. ¿Has informado al padre McHale de esta deliciosa aventura?

MARY: Lo que no sabe no le hará daño. Sírvase, una pastilla de menta. Hace que la marihuana sepa mejor.

(Aunque me parecía extraño, no estaba drogada. Yo había pasado junto a Venus y a Júpiter, al alegre Júpiter, convocado más allá en la distancia planetaria, deslumbrado por las liláceas estrellas. Mary se dirigió al teléfono y discó un número. Dejó que llamara un rato largo antes de colgar.)

MARY: No están en casa. Eso es algo que debo agradecer. Mr. y Mrs. Berkowitz. Si hubieran estado en casa, no habría podido llevarlo a usted. Porque son unos judíos pomposos. ¡Ya sabe qué pomposos pueden llegar a ser ellos!

TC: ¿Los judíos? Dios, sí. Muy pomposos. Todos deberían estar en el Museo de Historia Natural. Todos.

MARY: Estoy pensando en avisar a Mrs. Berkowitz, que voy a dejar de trabajar para ella. Lo que pasa es que Mr. Berkowitz, que vendía ropa, se ha retirado, y ahora los dos están siempre en casa. Estorbando. A menos que vayan a Greenwich, donde tienen una propiedad. Allí deben estar hoy. Otra razón por la que tengo ganas de dejarlos. Tienen un loro viejo, que ensucia por todas partes. ¡Y es muy estúpido! No sabe más que dos cosas: “¡Pardiez!” y “¡Oy vey!” Cada vez que alguien entra en la casa empieza a gritar “¡Oy vey!” Me pone nerviosísima. ¿Qué le parece? Nos fumamos otro pucho y nos vamos de aquí.

(Había vuelto a llover y el viento había aumentado, lo que hacía que el aire pareciera un espejo destrozado. Los Berkowitz vivían en Park Avenue y la calle ochenta y tantos, de modo que sugerí que tomáramos un taxi, pero Mary dijo no, qué clase de hombre era yo, podíamos ir caminando, de modo que, a pesar de la apariencia, ella también estaba viajando por caminos estelares. Caminábamos lentamente como si fuera un día tibio y tranquilo, el cielo estuviera color turquesa, y las calles resbaladizas fueran una playa del Caribe. Park Avenue no es mi boulevard favorito. Es fecundo en falta de encanto. No serviría de nada que Mrs. Lasker plantara tulipanes a ambos lados, desde la estación Grand Central hasta el Harlem español. Sin embargo, hay algunos edificios que traen recuerdos. Pasamos uno en el que pasó sus últimos años Willa Catre, la escritora norteamericana que yo más admiraba, con su compañera, Edith Lewis. Muchas veces estuve sentado frente a su chimenea, bebiendo jerez y observando cómo la luz del fuego de leños encendía el pálido azul pradera de los serenos ojos de genio de Miss Catre. En la calle ochenta y cuatro reconocí una casa de departamentos donde, en una oportunidad, había asistido a una comida de pocos invitados, todos de etiqueta, ofrecida por el senador John F. Kennedy y su señora, entonces tan jóvenes y despreocupados. Pero a pesar de los agradables esfuerzos de los dueños de casa, la noche no había sido tan reveladora como yo esperaba, porque después de retirarse las damas, los hombres quedamos solos en el comedor a saborear nuestros licores y habanos, y uno de los invitados, un modisto de barba un tanto torcida, llamado Oleg Cassini, abrumó con el informe de un viaje a Las Vegas y el millar de coristas a las que había examinado allí: sus medidas, logros eróticos, requerimientos financieros. El recital hipnotizó a los oyentes; el que más atendía y reía bajito era el futuro presidente.

Cuando llegamos a la calle ochenta y siete, señalé una ventana del cuarto piso de Park Avenue mil sesenta, e informé a Mary: “Mi madre vivía allí. Ése era su dormitorio. Era hermosa y muy inteligente, pero no quería vivir. Tenía muchas razones, o por lo menos, eso creía ella, pero al final se resumieron en su marido, mi padrastro. Era un hombre que se había hecho a sí mismo, con bastante éxito. Ella lo idolatraba. Él era un buen tipo, pero jugaba, se metió en dificultades y malversó un montón de dinero. Perdió su negocio e iba derecho a Sing Sing.”

Mary sacude la cabeza: “Igual que mi hijo. Igual que él.”

Los dos estamos parados, mirando la ventana, empapados por la lluvia. “De modo que una noche mi madre se vistió de gala y dio una comida. Todos decían que estaba encantadora. Pero después de la fiesta, antes de acostarse, se tomó treinta seconals y nunca despertó.”

Mary está enojada. Vuelve a caminar bajo la lluvia. “No tenía derecho a hacer eso. Yo no apruebo eso. Está en contra de mis creencias.”)

LORO CHILLÓN: ¡Pardiez!

MARY: ¿Lo oye? ¿Qué le dije?

LORO: ¡Oy vey! ¡Oy vey!

(El loro, un collage surrealista en verde, amarillo y anaranjado, que está cambiando las plumas, está trepado sobre una percha de caoba en la sala rigurosamente formal del los Berkowitz. Es una habitación que parece toda hecha de caoba: los pisos de parquet son de caoba, la boiserie y los muebles, costosas reproducciones de grandiosos muebles de época, aunque sólo Dios sabe de qué época. Sillas de respaldo recto, canapés que habrían puesto a prueba la resistencia de un profesor de posturas. Cortinados de terciopelo morado cubrían las ventanas, incongruentemente equipadas con celosías color marrón mostaza. Sobre la tallada repisa de caoba del hogar, el retrato, de marco de caoba, de Mr. Berkowitz, de grandes carrillos y piel cetrina, ataviado como caballero de campo listo para una cacería, con saco escarlata, pañuelo de seda, una trompa de caza bajo un brazo y una fusta bajo el otro. No sé cómo sería el resto de la incongruente casa, pues no vi nada más, excepto la cocina.)

MARY: ¿Qué hay de gracioso? ¿De qué se ríe?

TC: De nada. Es por este tabaco peruano, querubín. Supongo que Mr. Berkowitz es ecuestre.

LORO: ¡Oy vey! ¡Oy vey!

MARY: ¡Cállate! Antes de que te retuerza el maldito cuello.

TC: Bueno, si vamos a maldecir... (Mary musita algo y se persigna). ¿Tiene nombre la criatura?

MARY: Ah. Trate de adivinar.

TC: Polly.

MARY (realmente sorprendida): ¿Cómo lo supo?

TC: De modo que es hembra.

MARY: Es un nombre de mujer, de modo que debe ser niña. Sea lo que sea, es una bruja. Fíjate, toda esa caca en el suelo. Para que yo la limpie.

TC: ¡Qué manera de hablar!

POLLY: ¡Pardiez!

MARY: Son los nervios. Es mejor que nos levantemos el espíritu. (Saca la cajita de lata, los puchos, la boquilla, los fósforos). Y veamos qué encontramos en la cocina. Tengo ganas de comer algo.

(El interior de la heladera de los Berkowitz es la fantasía de un glotón, una cornucopia de cosas riquísimas que engordan. No es raro que el dueño de casa tenga esos carrillos. “Oh, sí”, confirma Mary, “son dos cerdos. El estómago de ella parece a punto de tener las quintillizas de Dionne. Todos los trajes de él son a medida. Nada comprado en una tienda le quedaría bien. Hmm, qué rico. Tengo hambre. Estas tortitas de chocolate parecen muy ricas. Y la torta de moka. No me importaría comer una tajada. Podríamos ponerle un poco de helado encima.” Encuentra dos recipientes enormes y Mary los llena con tortitas de chocolate, torta de moka y cubre todo con un montón de helado de pistacho. Regresamos a la sala con este banquete y lo atacamos como huérfanos maltratados. No hay nada como la marihuana para dar apetito. Después de terminar el plato, y abastecernos de más cigarrillos, Mary vuelve a llenar los recipientes con porciones más generosas todavía.)

MARY: ¿Cómo se siente?

TC: Me siento bien.

MARY: ¿Cómo de bien?

TC: Realmente bien.

MARY: Dígame exactamente cómo se siente.

TC: Estoy en Australia.

MARY: ¿Ha estado en Austria?

TC: En Austria no, en Australia. No, pero ahí es donde estoy ahora. Y todo el mundo decía siempre que era un lugar muy aburrido. ¡Eso demuestra lo que saben! El surfing mejor del mundo. Estoy en el mar, sobre una tabla, montando una ola tan alta como, como...

MARY: Alta como usted. Ja, ja.

TC: Una ola hecha de esmeraldas fundidas. El sol me quema en la espalda, y la espuma sabe salada en mi cara, y estoy rodeado de tiburones. Blue Water, White Death. ¿No fue una película maravillosa? Hambrientos tiburones por todas partes, pero no me preocupan... francamente, me importan un carajo...

MARY (con los ojos abiertos de miedo): ¡Cuidado con los tiburones! Tienen dientes que matan. Quedará lisiado para el resto de su vida. Deberá pedir limosna en las esquinas.

TC: ¡Música!

MARY: ¡Música! ¡Eso falta!

(Como una luchadora mareada avanza hacia un objeto como gárgola que afortunadamente no había notado hasta ese momento: una consola de caoba que es televisor, radio y fonógrafo a la vez. Mary aprieta los botones de la radio hasta encontrar una estación que toca una música estruendosa, con compás latino.

Mueve las caderas, chasquea los dedos, se mece con elegancia pero cierto sereno abandono al mismo tiempo, como si recordara alguna sensual noche de juventud, bailando con un compañero fantasmal una coreografía conocida. Y es mágico cómo su cuerpo, ahora sin edad, reacciona ante los tambores y las guitarras, cómo se contorsiona ante el ritmo más sutil; está en trance, en ese estado de gracia que supuestamente alcanzan los santos al tener una visión. Y yo también oigo la música; me atraviesa aceleradamente como una anfetamina, cada nota suena con la claridad separada de repiques de las campanas de una catedral en un silencioso domingo de invierno. Me muevo hacia ella, entro en sus brazos, y seguimos el compás, paso a paso, riendo, meciéndonos, y aun cuando se interrumpe la música para dejar a un anunciador que habla español con la rapidez del matraqueo de las castañuelas seguimos bailando, porque ahora hemos encerrado a las guitarras en nuestras mentes, igual que estamos envueltos en la risa, abrazados: más y más alto, tan alto que no nos damos cuenta del ruidito metálico de la llave, de la puerta que se abre y se cierra. Pero el loro oye.)

POLLY: ¡Pardiez!

VOZ DE MUJER: ¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí?

POLLY: ¡Oy vey! ¡Oy vey!

MARY: Hola, Mrs. Berkowitz. Hola, Mr. Berkowitz. ¿Cómo les va?

(Y allí están, flotando ante nosotros como dos globos de Mickey Mouse y Minnie Mouse en el desfile del Día de Acción de Gracias de la tienda Macy. Pero no se parecen, en absoluto, a dos ratones. Los ojos enfurecidos, los de ella feroces tras los anteojos de arlequín con marco de lentejuelas, absorben la escena: nuestros bigotes de helado de pistacho, el acre humo de la marihuana que contamina el ambiente. Mr. Berkowitz majestuosamente se dirige a la radio y la apaga.)

MRS. BERKOWITZ: ¿Quién es este hombre?

MARY: Yo no sabía que usted estaba en casa.

MRS. BERKOWITZ: Obviamente. Le pregunté: ¿quién es este hombre?

MARY: Sólo un amigo. Que me está ayudando. Tengo tanto trabajo hoy.

MR. BERKOWITZ: Usted está borracha, mujer.

MARY (engañosamente dulce): ¿Qué dice?

MRS. BERKOWITZ: Dijo que usted está borracha. Estoy escandalizada. De verdad.

MARY: Ya que estamos diciendo la verdad, la verdad que tengo yo que decirle es: hoy es mi último día, me cansé de hacer de esclava negra aquí. Le aviso que me voy.

MRS. BERKOWITZ: ¿Usted me avisa a que se va?

MR. BERKOWITZ: ¡Váyase de aquí! Antes que llamemos a la policía.

(Sin más discusión, juntamos nuestras pertenencias. Mary saluda al loro: “Adiós, Polly. Tú eres bueno. Una buena chica. No hablaba en serio.” Y en la puerta de calle, donde sus ex empleadores se han apostado adustamente, anuncia: “Nada más que como aclaración, nunca probé alcohol en mi vida.” Abajo, sigue lloviendo. Caminamos pesadamente por Park Avenue, luego vamos por una transversal hasta Lexington.)

MARY: ¡No le dije que eran pomposos!

TC: De museo.

(Pero la antigua vivacidad nos ha abandonado; el poder del follaje peruano disminuye, somos presa de la desilusión, mi tabla de surf se hunde, y ahora cualquier tiburón me aterraría.)

MARY: Todavía me falta Mrs. Kronkite. Pero ella es buena, y me perdonará si no voy hasta mañana. A lo mejor me voy a casa.

TC: Permítame llamarle un taxi.

MARY: Aborrezco darles dinero. Los taxistas no nos quieren a los de color. Aunque ellos mismos sean de color. No, puedo tomar el subterráneo en Lexington y la ochenta y seis, aquí mismo.

(Mary vive en un departamento de alquiler cerca del estadio Yankee. Dice que era muy pequeño cuando vivía con toda su familia, pero ahora que está sola, parece inmenso y peligroso: “Tengo tres cerraduras en cada puerta, y todas las ventanas clavadas. Me compraría un perro de policía si no tuviera que dejarlo solo tanto tiempo. Sé lo que es estar sola, y no se lo desearía a un perro”.)

TC: Por favor, Mary, permítame que le pague un taxi.

MARY: El subterráneo es mucho más rápido. Pero quiero ir a una parte. Está por aquí.

(Se trata de una iglesia angosta apretada entre anchos edificios a cada lado. Adentro hay dos hileras de bancos y un pequeño altar con una figura de yeso de un Jesús crucificado suspendido sobre él. Un olor a incienso y cera predomina en la oscuridad. Ante el altar hay una mujer escondiendo una vela, cuya luz fluctúa como el sueño de un espíritu vacilante. En otro sentido, somos los únicos allí. Nos arrodillamos en el último banco y Mary saca del bolso un par de rosarios. (“Siempre llevo uno de más”), uno para sí, el otro para mí, aunque yo no sé muy bien qué hacer, pues nunca he usado uno. Los labios de Mary se mueven y susurran.)

MARY: Querido Señor, tan misericordioso. Por favor, Señor, ayuda a Mr. Trask a que deje de beber y consiga nuevamente su trabajo. Por favor, Señor, no permitas que Miss Shaw sea un ratón de biblioteca y se quede solterona. Debería traer tus hijos al mundo. Y Señor, te ruego te acuerdes de mis hijos, de mi hija y nietos, de todos ellos. Y no dejes que la familia de Mr. Smith lo mande a ese hogar de ancianos; no quiere ir, llora todo el tiempo... (La lista de sus nombres es más numerosa que las cuentas de su rosario, y sus pedidos por ellos tienen el brillo sincero de la luz de la vela en el altar. Hace una pausa para mirarme.)

MARY: ¿Está rezando?

TC: Sí.

MARY: No lo oigo.

TC: Estoy rezando por usted, Mary. Quiero que viva para siempre.

MARY: No rece por mí. Mi alma ya se ha salvado. (Me toma de la mano.) Rece por su madre. Rece por todas esas almas perdidas en la oscuridad. Pedro. Pedro.

Thursday, November 05, 2009

Los globos de fuego

Ray Bradbury


Las luces estallaban sobre los prados nocturnos del verano. Rostros de tíos y tías se iluminaban en la oscuridad. Los fuegos artificiales descendían en los ojos castaños y brillantes de los primos instalados en el porche, y las varas frías y calcinadas rebotaban
allá lejos sobre los campos de hierba seca.
El muy reverendo padre Joseph Daniel Peregrine abrió los ojos. -¡Qué sueño! ¡Él y sus primos que jugaban animadamente en la antigua casa del abuelo, en Ohio, hacía ya tantos años!
Se quedó escuchando el gran vacío de la iglesia, las otras celdas donde descansaban los otros padres. ¿Recordarían ellos, también, en la víspera de la partida del cohete
Crucifijo, el cuatro de julio? Sí. Esta inquieta madrugada se parecía a aquellas noches de la fiesta de la Independencia cuando uno espera el primer cañonazo y corre luego por las aceras, cubiertas de rocío, con las manos llenas de ruidosos milagros.
Y aquí estaban, los padres de la Iglesia Episcopal, momentos antes de lanzarse hacia
Marte. Subirían como una rueda de fuegos de artificio, dejando una estela de incienso en la aterciopelada catedral del espacio.
-¿Tenemos que ir realmente? -murmuró el padre Peregrine-. ¿No será mejor arreglar nuestros pecados, aquí, en la Tierra? ¿No estaremos huyendo de nuestra vida terrestre?
El padre Peregrine se incorporó moviendo pesadamente ese cuerpo voluminoso que tenía el color de las fresas, la leche y la carne cruda.
-¿O será sólo pereza? -se preguntó-. ¿No tendré miedo?
Se metió bajo las agujas de la ducha.
-Pero te llevan a Marte, carne -se dijo a sí mismo-. Dejaré aquí los viejos pecados. ¿E iré a Marte a encontrarme con otros pecados nuevos?
Una idea atrayente, casi. Pecados que nadie había podido imaginar. Oh, él mismo había escrito un libro titulado El problema del pecado en otros mundos, que la comunidad episcopal había ignorado casi totalmente, como cosa poco seria.
La noche anterior, mientras fumaban un último cigarro, él y el padre Stone habían conversado sobre eso.
-En Marte el pecado puede tener la apariencia de la virtud. ¡Tenemos que estar prevenidos contra unos actos virtuosos que quizá sean pecados! -había dicho el padre
Peregrine sonriendo animadamente-. ¡Qué interesante! ¡El trabajo de un misionero nunca estuvo tan envuelto en aventuras! ¡Desde hace siglos!
-Yo reconoceré el pecado, aun en Marte -dijo bruscamente el padre Stone.
-Nosotros los sacerdotes, tenemos el orgullo de ser como papeles de tornasol, que cambian de color ante la presencia del pecado -replicó el padre Peregrine-. Pero, ¿y si la química marciana es tal que no nos coloreamos? Si hay sentidos nuevos en Marte, tenemos que admitir también la posible existencia de pecados irreconocibles.
-Si no hay mala intención, no puede haber pecado, ni castigo, ni arrepentimiento. Son palabras del Señor -dijo el padre Stone.
-En la Tierra, sí. Pero quizá los pecados marcianos puedan llevar el mal al subconsciente, en forma telepática, dejando la conciencia en libertad de acción, ¡aparentemente sin malicia! ¿Qué pasa, entonces?
-¿Qué pecados nuevos podrían existir?
El padre Peregrine se había inclinado pesadamente hacia adelante.
-Adán, solo, no pecó. Añádale Eva, y añade usted la tentación. Añada un segundo hombre, y ya es posible el adulterio. Con la adición del sexo y otros seres humanos, se añade el pecado. Si los hombres no tuviesen brazos, no podrían estrangular a nadie con los dedos. No existiría entonces ese pecado de asesinato. Añádales manos y aparece la posibilidad de una nueva violencia. Las amebas no pecan. Se reproducen por división celular. No desean la mujer del prójimo, ni se matan entre sí. Añádales a las amebas sexo, piernas y brazos y tendrá usted crímenes y adulterios. Añada o saque un brazo y una pierna a una persona, y añadirá o suprimirá un mal posible. Si hay en Marte otros cinco nuevos sentidos, órganos, miembros invisibles que no podemos imaginar, ¿no habrá entonces cinco nuevos pecados?
El padre Stone lanzó un bufido.
-¡Parece como si esa idea le gustara!
-Me mantiene la mente despierta, padre. Eso es todo.
-Su mente está siempre haciendo juegos de manos, ¿eh? Con espejos, platos, antorchas...
-Sí. Porque muy a menudo la Iglesia se parece a esos cuadros vivos de los circos donde al levantarse el telón aparecen unos hombres inmóviles, blancos, bañados en talco u óxido de cinc, que representan la belleza abstracta. Admirable. Pero yo confío en que me dejen andar libremente entre esos hombres. ¿Usted no, padre Stone?
El padre Stone se había alejado.
-Creo que será mejor que nos acostemos. Dentro de unas horas daremos un salto para ver esos nuevos pecados suyos, padre Peregrine.
El cohete estaba preparado para partir.
Los padres dejaron sus oraciones matinales. Hacía mucho frío. Los escogidos sacerdotes de Los Ángeles, Nueva York o Chicago -la Iglesia estaba enviando lo mejor que tenía- caminaron a través del pueblo hasta el campo escarchado. El padre Peregrine recordaba las palabras del obispo:
-Padre Peregrine, usted capitaneará a los misioneros con el padre Stone como ayudante. Al elegirlo a usted para esta importante tarea he visto que mis motivos son deplorablemente oscuros. Pero su folleto sobre los pecados planetarios no ha dejado de tener sus lectores. Es usted un hombre flexible. Y Marte es como un armario sucio del que nadie se preocupó durante miles de años. Los pecados se han acumulado allí como en un almacén de antigüedades. Marte tiene el doble de la edad de la Tierra, y tiene también el doble de noches de sábados, de despachos de bebidas, y de ojos clavados en mujeres desnudas como focas blancas. Cuando abramos ese armario cerrado, todo eso caerá sobre nosotros. Necesitamos un hombre rápido y flexible, alguien que sepa esquivar el golpe. Un hombre demasiado dogmático se rompería en dos. Me parece que usted resistirá bien. Padre, puede comenzar.
El obispo y los padres se arrodillaron.
Se sucedieron las bendiciones, y rociaron el cohete con agua bendita. El obispo, incorporándose, se dirigió a los padres:
-Vais a preparar a los marcianos para que ellos puedan recibir la Verdad. Sé que Dios os acompaña. Os deseo a todos un viaje bien meditado.
Pasaron ante el obispo, los veinte hombres, con un susurro de sotanas. Todos pusieron las manos entre las bondadosas manos del obispo, y luego subieron al proyectil purificado.
-Me pregunto -dijo en el último instante el padre Peregrine-, ¿y si Marte fuese el infierno? ¿Si estuviese esperándonos para luego estallar en una nube de fuego y piedras?
-Que el Señor nos bendiga -dijo el padre Stone.
El cohete comenzó a moverse.
Salir del espacio era como salir de la más hermosa de las catedrales. Pisar el suelo de
Marte era como pisar el ordinario pavimento, fuera de la iglesia, cinco minutos después de haber sentido, realmente, amor a Dios.
Los padres salieron cautelosamente del cohete humeante y se arrodillaron en el suelo marciano. El padre Peregrine entonó una oración de gracias.
-Señor, te damos gracias por este viaje a través de tus moradas. Y, Señor, hemos llegado a un mundo nuevo, de modo que necesitamos ojos nuevos. Oiremos sonidos nuevos, y necesitamos oídos nuevos. Y habrá aquí pecados nuevos, y te pedimos la gracia de unos corazones más firmes y más puros.
Los padres se incorporaron.
Y aquí estaba Marte, como un mar en el que se iban a sumergir disfrazados de biólogos submarinos, en busca de la vida. Este era el territorio de los ocultos pecados.
¡Oh, qué cuidadosamente debían de guardar el equilibrio, como plumas grises, en este nuevo elemento, temerosos de que hasta caminar sobre él fuese pecado, o respirar, o aun ayunar!
Y ahí estaba el alcalde de la Primera Ciudad que se acercaba a ellos con la mano extendida.
-¿Qué puedo hacer por usted, padre Peregrine?
-Quisiéramos saber algo de los marcianos. Pues sólo así podremos construir inteligentemente nuestra iglesia. ¿Miden tres metros de altura? Construiremos unas puertas muy altas. ¿Tienen la piel azul, roja o verde? Cuando pongamos figuras humanas en los vitrales pintaremos la piel con el color adecuado. ¿Son pesados? Haremos asientos sólidos.
-Padre Peregrine -dijo el hombre-, no creo que los marcianos deban de preocuparle.
Hay dos razas.
Una de ellas está casi muerta. Los pocos que quedan viven escondidos. Y la segunda raza... bueno, no son seres humanos.
-Oh. -El corazón del padre Peregrine latió más rápidamente.
-Son globos de luz, padre, luminosos y redondos. Hombres o animales, ¿quién puede saberlo? Pero actúan inteligentemente. Así he oído. -El alcalde se encogió de hombros-.
Pero por supuesto, no son hombres, así que no creo que usted deba preocuparse...
-Al contrario -dijo el padre Peregrine con rapidez-. ¿Inteligentes, ha dicho?
-Corre una historia. Un cateador de minas se rompió una pierna en esas montarías.
Solo, se hubiese muerto. Las esferas de luz se le acercaron. Cuando se despertó, estaba acostado en la carretera y no sabía cómo había llegado allí.
-Borracho -dijo el padre Stone.
-Esa es la historia -dijo el alcalde-. Padre Peregrine, muerta la mayor parte de los marcianos, y sólo con esos globos azules, creo francamente que sería mejor que se instalase en la Primera Ciudad. Marte se ha inaugurado hace poco. Es una región fronteriza, como las de aquellos viejos días terrestres: el Oeste y Alaska. Los hombres vienen aquí en oleadas. Hay unos dos mil mecánicos irlandeses y mineros y trabajadores que necesitan asistencia espiritual; pues hay demasiadas malas mujeres en ese pueblo y demasiado vino marciano de hace diez siglos...
El padre Peregrine observaba las colinas azules.
El padre Stone se aclaró la garganta.
-¿Y bien, padre?
El padre Peregrine no lo oyó.
-¿Esferas de fuego azul?
-Sí, padre.
-Ah -suspiró el padre Peregrine.
-Globos azules -dijo el padre Stone sacudiendo la cabeza-. ¡Un circo!
El padre Peregrine sintió que la sangre le golpeaba en las muñecas. Miró el pueblecit fronterizo, con sus pecados frescos y recientes, y miró las antiguas colinas, con los más viejos y sin embargo (para él) más nuevos pecados.
-Alcalde, ¿sus irlandeses podrán cocinarse un día más en el infierno?
-Les daré una vuelta, preparándolos para su llegada, padre.
-Entonces, iremos allá -dijo el padre señalando las colinas con un movimiento de cabeza.
Un murmullo.
-Sería algo tan simple -explicó el padre Peregrine- ir al pueblo. Prefiero pensar que si el
Señor viniese a este planeta y le dijeran: «Este es el viejo sendero», El replicaría:
«Mostradme los matorrales. Yo abriré el sendero.»
-Pero...
-Padre, piense cómo nos pesarían las conciencias si pasáramos junto a unos pecadores sin tenderles la mano.
-¡Pero globos de fuego!
-Me imagino que los animales cuando vieron por primera vez al hombre pensaron que era bastante raro. Y sin embargo, tenía un alma. Supongamos, hasta que probemos otra cosa, que esas esferas brillantes tienen también un alma.
-Muy bien -dijo el alcalde-, pero luego vendrá al pueblo.
-Ya veremos. Primero el desayuno. Luego usted y yo, padre Stone, iremos hasta esas colinas. No quiero asustar a esos marcianos de fuego con máquinas o multitudes.
¿Desayunamos?
Los padres comieron en silencio.
A la caída de la noche el padre Peregrine y el padre Stone se encontraban en lo alto de las colinas. Se detuvieron y se sentaron en una roca a descansar y esperar. Los marcianos no habían aparecido aún y los dos padres se sentían vagamente desilusionados.
-Me pregunto... -El padre Peregrine se secó el sudor de la cara-. ¿Le parece que si les gritamos?
«¡Hola!» nos responderán.
-Padre Peregrine, ¿no hablará usted nunca seriamente?
-No, no mientras el Señor no haga lo mismo. Oh, no ponga esa cara de susto, por favor. El Señor no es serio. En realidad, es difícil saber qué es, además de amor Y el amor está unido al humor ¿no es cierto? Pues no se puede amar a alguien si no se está dispuesto a aguantarlo. Y no se puede aguantar constantemente a alguien sin reírse de él, ¿no es verdad? Somos, es indudable, unos animalitos ridículos que se revuelven en un tazón. Dios debe de amarnos principalmente porque le causamos gracia.
-Nunca imaginé a Dios como un humorista.
-¡El creador del platirrino, el camello, el avestruz y el hombre! ¡Oh, por favor! -El padre
Peregrine se rió.
Pero en ese mismo instante, entre las colinas sombrías, como una hilera de lámparas azules que iluminasen el camino, aparecieron los marcianos.
El padre Stone fue el primero en verlos.
-¡Mire!
El padre Peregrine se volvió y dejó de reír.
Los azules globos de fuego se detuvieron palpitando entre las estrellas titilantes.
-¡Monstruos!
El padre Stone se incorporó de un salto. Pero el padre Peregrine lo retuvo.
-¡Espere!
-¡Tendríamos que haber ido a la ciudad!
-¡No! ¡Escuche, mire! -suplicó el padre Peregrine.
-¡Tengo miedo!
-No. Son obra de Dios.
-¡Del demonio!
-No. Serénese.
El padre Peregrine calmó al padre Stone, y volvieron a sentarse. Las esferas azules se acercaron iluminando la cara de los dos sacerdotes.
Otra vez la noche del día de la Independencia, pensó el padre Peregrine, estremeciéndose. Se sentía como un niño en aquellos atardeceres del cuatro de julio, cuando estallaban los cielos, rompiéndose en estrellas de polvo y ardiente sonido, y las ventanas de las casas temblaban como el hielo de mil charcos. Las tías, los tíos y los primos. Gritaban: ¡Ah! como ante un médico celestial. El cielo de verano se llenaba de colores. Y los globos de fuego, encendidos por algún abuelo indulgente, se alzaban en manos firmes y tiernas. ¡Oh, el recuerdo de aquellos hermosos globos de fuego, de luz suave, de cálidos e hinchados tejidos, como alas de insecto, que yacían como mariposas plegadas en cajas, y que al fin, después de un día de desorden y furia, los niños desdoblaban cuidadosamente! Azules, rojos, blancos, patrióticos, ¡los globos de fuego! El padre Peregrine vio otra vez los rostros de los familiares queridos, muertos hacía ya mucho tiempo, y ya cubiertos de musgo, mientras el abuelo encendía las velitas, permitiendo que el aire caliente subiera a llenar los globos luminosos que los niños sostenían entre las manos, como una brillante visión que no se atrevían a liberar; pues ya sueltos los globos, otro año se iba de la vida, otro cuatro de julio, otro fragmento de belleza se perdía para siempre. Y hacia arriba, hacia arriba, todavía más arriba, hacia las cálidas constelaciones del verano, subían los globos de fuego, mientras los ojos castaños y azules los seguían desde los porches familiares. Allá, en el territorio de Illinois, sobre ríos nocturnos y casas dormidas, los globos de fuego se elevaban cabeceando y alejándose para siempre...
El padre Peregrine sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Sobre él oscilaban los marcianos, como mil susurrantes globos de fuego. En cualquier momento su bondadoso abuelo, muerto hacía ya tanto tiempo, aparecería a su lado, con los ojos clavados en la belleza.
Pero era el padre Stone.
-¡Vámonos, por favor, padre!
-Tengo que hablarles.
El padre Peregrine se adelantó sin saber qué decir. ¿Qué les había dicho, mentalmente, a los globos de fuego del pasado? Sois hermosos, sois hermosos. Nada más, y eso ahora no parecía bastante. El padre Peregrine sólo atinó a levantar los gruesos brazos y a gritarles como había deseado hacerlo en otro tiempo ante otros globos:
-¡Hola!
Pero las esferas luminosas siguieron ardiendo como imágenes en un espejo oscuro.
Parecían inmóviles, gaseosas, milagrosas, eternas.
-Venimos con Dios -dijo el padre Peregrine dirigiéndose al cielo.
-¡Qué tontería, qué tontería! -El padre Stone se mordía el dorso de la mano-. ¡Cállese, padre Peregrine, en nombre de Dios!
Las esferas fosforescentes se alejaron entre las colinas. Un instante después, habían desaparecido.
El padre Peregrine las llamó de nuevo y el eco de su último grito sacudió las cimas más próximas. Se dio vuelta y vio que un alud levantaba una nube de polvo, se detenía, y luego, con un estruendo de ruedas de piedra, descendía por la montaña.
-¡Mire lo que ha hecho! -gritó el padre Stone.
El padre Peregrine miró las piedras, casi fascinado, y luego con horror. Se volvió, sabiendo que sólo podrían correr unos metros. Serían aplastados por las rocas. Apenas alcanzó a murmurar:
-¡Oh, Señor! -y las rocas cayeron.
-¡Padre!
Los sacerdotes fueron apartados de su sitio como el trigo de la cizaña. El débil resplandor azul de unas esferas, unos astros fríos que se movieron rápidamente, el eco de un trueno, y los padres se encontraron de pie en una arista rocosa a cincuenta metros de distancia del lugar donde habían caído unas cuantas toneladas de piedra.
La luz azul se desvaneció.
Los padres se tomaron por los brazos.
-¿Qué ha ocurrido?
-¡Los fuegos azules nos trajeron aquí!
-¡Hemos venido corriendo!
-No, los globos nos salvaron la vida.
-¡Imposible!
-Pues así ha sido.
El cielo estaba desierto. Parecía como si una enorme campana hubiese dejado de sonar. Las reverberaciones golpeaban aún los dientes y las médulas de los padres.
-Vámonos de aquí. Usted va a matarnos.
-No he temido a la muerte durante muchos años, padre Stone.
-No hemos probado nada. Esas luces azules huyeron al oír el primer grito. Todo esto es inútil.
-No. -El padre Peregrine se sentía poseído por una maravillosa obstinación-. Nos salvaron, de algún modo Eso prueba que tienen alma.
-Eso prueba solamente que pueden habernos salvado Fue algo confuso. Quizá escapamos por nuestros propios medios.
-No son animales, padre Stone. Los animales no salvan vidas, y menos aún vidas extrañas. Misericordia y compasión, eso hemos visto. Quizá, mañana, podamos probar algo más.
-¿Probar qué? ¿Cómo? -El padre Stone sentía una inmensa fatiga. Su rostro endurecido reflejaba la violencia por la que habían pasado su cuerpo y su mente-.
¿Siguiéndolos en helicópteros, leyéndoles capítulos y versículos? No son seres humanos.
No tienen ojos, ni oídos, ni cuerpos como los nuestros.
-Pero yo he sentido algo ante ellos -replicó el padre Peregrine-. Siento que va a revelárseme algo muy importante. Nos salvaron. Piensan. Podían elegir: dejarnos morir o salvarnos. ¡Esto prueba la existencia de un libre albedrío!
El padre Stone estaba ocupado en encender un fuego, mirando las ramitas que tenía en la mano, tosiendo ante la humareda gris.
-Abriré un convento para ocas, un monasterio para cerdos devotos, y construiré una microscópica capilla para que los infusorios puedan asistir a los servicios dominicales y pasen las cuentas del rosario entre sus flagelos.
-Oh, padre Stone.
-Perdóneme. -El padre Stone, enrojecido, parpadeó a través del fuego-. Pero esto es como bendecir a un cocodrilo que va a devorarnos. Está usted arriesgando todas nuestras vidas. ¡Deberíamos estar en la Primera Ciudad, sacando el licor de las gargantas de los hombres y el perfume de las manos!
-¿No puede usted reconocer lo humano en lo inhumano?
-Reconozco más fácilmente lo inhumano en lo humano.
-Pero, ¿y si yo pruebo que estos seres conocen el pecado, conocen la moral, y gozan de libertad e inteligencia?
-Le costará convencerme.
La noche se enfriaba con rapidez, y los padres miraron las llamas donde bailaban unos trastornados pensamientos, y comieron unos bizcochos y unas fresas, y luego se abrigaron para dormir bajo la armonía de los astros. Y antes de volverse por última vez, el padre Stone, que estaba pensando en cómo molestar al padre Peregrine, miró las brasas rosadas y dijo:
-No hubo Adán y Eva en Marte. No hubo pecado original. Quizá los marcianos viven en gracia de Dios. Así que podríamos volver a la ciudad y comenzar a trabajar con los terrestres.
El padre Peregrine se prometió a sí mismo rezar una oración por el padre Stone, que se había enojado tanto, y que ahora se estaba mostrando vengativo.
-Sí, padre Stone; pero los marcianos mataron a varios de nuestros colonos. Eso es pecado. Tiene que haber habido un pecado original y una Eva y un Adán marcianos. Los descubriremos. Los hombres son siempre hombres, no importa cuál sea su forma, y pecan fácilmente.
Pero el padre Stone se hacía el dormido.
El padre Peregrine no cerró los ojos.
Indudablemente, no podían mandar a esos marcianos al infierno, ¿podían acaso? ¡Qué compromiso para sus conciencias! Podían volver a las nuevas ciudades de la colonia, esas ciudades tan llenas de lugares de perdición, y mujeres con ojos como chispas y blancos cuerpos de ostra que retozaban en las camas con los trabajadores solitarios. ¿No era ese el lugar de los padres? ¿No era este paseo por las colinas un mero capricho?
¿Pensaba él realmente en la Iglesia de Dios, o estaba apagando la sed de su esponjosa curiosidad? ¡Esos fuegos de San Telmo, redondos y azules, como ardían detrás de la máscara, lo humano detrás de lo inhumano! ¿No se sentiría interiormente orgulloso si pudiera decirse a sí mismo que había convertido a toda una mesa de billar llena de bolas de fuego? ¡Qué pecado de orgullo! Merecía una buena penitencia. Pero uno comete tantos actos de orgullo por amor, y él amaba tanto a Dios y era por eso tan feliz. Y quería que todos fueran tan felices como él.
Antes de dormirse vio aún el retorno de los fuegos azules, como un vuelo de ángeles ardientes que venían a velar su sueño cantándole en silencio.
Cuando el padre Peregrine se despertó, en las primeras horas de la mañana, los sueños redondos y azules estaban todavía en el cielo.
El padre Stone dormía profunda y serenamente. El padre Peregrine observaba a los marcianos, que flotaban y lo observaban. Eran seres humanos, lo sabía muy bien. Pero tenía que probarlo, o si no iba a enfrentarse con un obispo de lengua seca y ojos secos que le diría, bondadosamente, que se hiciera a un lado.
¿Pero cómo probar la humanidad de unos seres que se ocultaban en las altas bóvedas del cielo? ¿Cómo atraerlos, y obtener de ellos las respuestas necesarias?
-Nos salvaron de esas rocas.
El padre Peregrine se levantó, camino entre las piedras y comenzó a subir por la colina más cercana hasta una saliente que caía a pico sobre un abismo de cincuenta metros.
Respiraba fatigosamente. Había ascendido con rapidez, y el aire era helado. Se detuvo, reteniendo el aliento.
-Si caigo desde aquí, no saldré seguramente con vida.
Dejó caer un guijarro. Un momento después se oyó el ruido de la piedra al chocar contra las rocas. Dejó caer otro guijarro.
-No será suicidio, ¿no es cierto?, si lo hago por amor...
Alzó los ojos hacia las esferas.
-Pero antes, probaré otra vez. ¡Hola! ¡Hola!
Los ecos retumbaron uno sobre otro, pero los fuegos azules no cambiaron ni se movieron.
Les habló durante cinco minutos. Cuando terminó, miró al padre Stone, allá abajo, indignantemente dormido.
-Tengo que probarlo todo. -El padre Peregrine se adelantó hacia el borde del precipicio-
. Soy un hombre viejo. No tengo miedo. Seguramente el Señor comprenderá que lo hago por El..
Tomó aliento. Su vida entera desfiló rápidamente. ¿Moriré dentro de un instante? Temo amar demasiado la vida. Pero amo aún más otras cosas.
Y con este pensamiento, dio un paso en el vacío y cayó.
-¡Tonto! -se gritó. Daba vueltas en el aire-. ¡Estabas equivocado!
Las rocas subían rápidamente hacia él y se vio a sí mismo aplastado contra ellas y enviado a la gloria.
-¿Por qué he hecho esto? -Pero sabía por qué. Se tranquilizó. El viento rugía y las rocas venían a recibirlo.
Y de pronto, un movimiento de estrellas, un resplandor azul, y el padre Peregrine se vio envuelto en una luz celeste, y suspendido en el aire. Un momento después era depositado, con un golpe suave, sobre las rocas. Y allí se sentó, vivo, palpándose el cuerpo, y clavando los ojos en esas luces azules que ya se habían retirado.
-¡Me habéis salvado la vida! -murmuró-. No me dejasteis morir. Sabíais que estaba equivocado.
Corrió hacia el padre Stone, que dormía aún, tranquilamente.
-¡Padre, padre, despierte! -Lo sacudió, y lo volvió hacia él-. ¡Padre, me han salvado!
-¿Quién lo ha salvado? -El padre Stone parpadeó incorporándose.
El padre Peregrine relató su experiencia.
-Un sueño, una pesadilla. Vamos, duérmase otra vez -dijo el padre Stone. irritado-.
Usted y sus globos de circo.
-¡Pero estaba despierto!
-Vamos, vamos, padre. Cálmese.
-¿No me cree? ¿Tiene un arma? Sí, démela.
-¿Qué va a hacer?
El padre Stone le alcanzó el arma de fuego que habían traído para protegerse de las serpientes, y otros similares e imprevisibles animales.
El padre Peregrine esgrimió el arma.
-¡Lo probaré!
Apuntó a su propia mano y disparó.
-¡Deténgase!
Se vio una luz temblorosa y ante los propios ojos de los padres la bala se detuvo a unos centímetros de la palma de la mano. Se quedó allí, un momento, rodeada por una fosforescencia azul. Luego cayó, hundiéndose en el polvo con un débil silbido.
El padre Peregrine disparó el arma tres veces: contra una mano, una pierna, el cuerpo.
Las tres balas flotaron, brillantes, y luego, como insectos muertos, cayeron a sus pies.
-¿Ha visto? -dijo el padre Peregrine, soltando el arma, que cayó junto a las balas-.
Saben. Comprenden. No son animales. Piensan, juzgan y viven en un clima moral. ¿Qué animal me hubiese salvado de mí mismo como éste? No, ningún animal. Sólo un hombre, padre. ¿Cree usted ahora?
El padre Stone miraba el cielo y las luces azules. Luego, en silencio, se dejó caer sobre una rodilla y recogió las balas tibias y las tuvo un momento en la palma de la mano. Cerró firmemente los dedos.
El sol se levantaba detrás de los padres.
-Creo que debemos reunirnos con los otros, contarles lo que pasa y traerlos aquí –dijo el padre Peregrine.
Cuando el sol llegó a lo alto del cielo, ya no estaban muy lejos del cohete.
El padre Peregrine dibujó un círculo en el centro del pizarrón encerado.
-Éste es Cristo, el hijo del Padre.
Los sacerdotes ahogaron un grito. El padre Peregrine se hizo el sordo.
-Este es Cristo en toda su gloria -continuó.
-Parece un problema de geometría -observó el padre Stone.
-Una comparación afortunada, pues se trata aquí de símbolos. Cristo no es menos
Cristo, como deben admitirlo ustedes, porque esté representado por un cuadrado o un círculo. La cruz ha simbolizado, durante siglos, su amor y su agonía. Ahora este círculo será el Cristo marciano. Así lo presentaremos en Marte.
Los padres, incómodos, se agitaron en sus asientos y se miraron.
-Usted, hermano Matías, fabricará un globo de vidrio lleno de fuego. Lo instalaremos sobre el altar.
-Magia barata -murmuró el padre Stone. El padre Peregrine continuó pacientemente:
-Al contrario, les presentaremos a Dios mediante una imagen comprensible. ¿Si Cristo se hubiese presentado en la Tierra como un pulpo, lo hubiéramos aceptado fácilmente? -
El padre Peregrine abrió las manos-. ¿Fue acaso un truco barato de Dios enviarnos a
Cristo bajo la forma de un hombre? Cuando hayamos bendecido la iglesia, y consagremos el altar y este símbolo, ¿creéis que Cristo se rehusará a habitar esta forma?
Vuestros corazones saben muy bien que no.
-¡Pero el cuerpo de un animal sin alma! -dijo el padre Matías.
-Ya hemos discutido eso, muchas veces, hermano Matías. Esas criaturas nos salvaron de las rocas. Comprendieron que la autodestrucción es algo pecaminoso, y la evitaron una y otra vez. Por lo tanto tenemos que edificar una iglesia en las colinas, vivir junto a ellos, que descubrir sus modos de pecar, sus extraños modos de pecar, y ayudarles a encontrar a Dios.
Los padres no parecían complacidos con el proyecto.
-¿Os preocupa su forma? -preguntó el padre Peregrine-. ¿Pero qué es una forma? Sólo un recipiente para el alma luminosa que Dios nos ha concedido. Si yo mañana descubriese que los leones marinos son inteligentes y libres, que saben cuándo no deben pecar, que comprenden el significado de la existencia, y que moderan la justicia con la misericordia y la vida con el amor, yo levantaría entonces una catedral submarina. Y si los gorriones fueran dotados, milagrosamente, y por voluntad de Dios, de un alma inmortal, llenaría una iglesia de helio y los perseguiría por los aires, pues todas las almas, cualquiera sea su forma, que gocen de libre albedrío y tengan conciencia de sus pecados, arderán en el infierno si no enderezan su vida. No dejaré por lo tanto que una esfera marciana arda para siempre en el infierno. Es una esfera sólo ante mis ojos. Cuando cierro los ojos la veo ante mí como inteligencia, amor, espíritu... y no puedo no hacerle caso.
-¡Pero ese globo de vidrio que usted desea instalar en el altar! -protestó el padre Stone.
-Pensad en los chinos -replicó el padre Peregrine imperturbable-. ¿Qué clase de Cristo adoran los cristianos en la China? Un Cristo oriental, naturalmente. Todos habéis visto escenas de navidad orientales. ¿Cómo está vestido Cristo? Con ropas asiáticas. ¿Por dónde anda? Entre casas de bambú y montañas de niebla, y árboles torcidos. Las pestañas son más largas; los huesos de las mejillas, más altos. Cada país, cada raza, añaden algo suyo a Nuestro Señor. Me acuerdo de la Virgen de Guadalupe, a quien reverencia todo México. Su piel... ¿Habéis visto el color de su piel? Una piel oscura, igual a la de sus devotos. ¿Es eso una blasfemia? De ningún modo. No es lógico que los hombres acepten a Dios -no importa su realidad- de otro color. Me he preguntado muchas veces por qué nuestros misioneros tienen éxito en África con un Cristo blanco como la nieve. Quizá porque el blanco es un color sagrado, como el de un albino, para las tribus africanas. Denles tiempo. ¿Cristo no se oscurecerá? La forma no tiene importancia. El contenido es todo. No podemos esperar que esos marcianos acepten una forma extraña. Les presentaremos a Cristo parecido a ellos.
-Hay una falla en su razonamiento, padre -dijo el padre Stone-. ¿No nos creerán hipócritas, los marcianos? Pronto verán que no adoramos a un Cristo redondo y globular, sino a un hombre con cabeza y miembros. ¿Cómo justificaremos la diferencia?
-Mostrándoles que no hay ninguna. Cristo ocupa cualquier recipiente. Cuerpos o globos, allí está él.
Todos adoran lo mismo, bajo formas distintas. Más aún, tenemos que creer en este globo de fuego. Tenemos que creer en una forma que no tiene, para nosotros, ningún significado. Este esferoide ser Cristo. Y tenemos que recordar que también nosotros, como la forma de nuestro Cristo terrestre, somos algo ridículo y absurdo para estos globos marcianos.
El padre Peregrine dejó a un lado la tiza.
-Y ahora, vayamos a las colinas a edificar nuestra iglesia.
Los padres empaquetaron sus equipos.
La iglesia no era una iglesia, sino una superficie libre de rocas, una plataforma en lo alto de una colina, de suelo liso y limpio, y un altar en donde el hermano Matías había instalado un globo de fuego.
Y al cabo de seis días de trabajo la iglesia estaba lista.
-¿Qué haremos con esto? -El padre Stone golpeó con la punta de los dedos la campana de hierro que habían traído-. ¿Qué significa esta campana para ellos?
-Creo que la he traído para nuestra propia comodidad -admitió el padre Peregrine-.
Necesitamos algunas cosas familiares. Esta iglesia se parece tan poco a una. iglesia. Y todos sentimos que hay algo de absurdo en todo esto... Yo mismo lo siento así. Es algo demasiado nuevo. Convertir criaturas de otro mundo. A veces me siento como un actor ridículo. Y entonces le pido a Dios que me de las fuerzas necesarias.
-Algunos de los padres no se sienten nada contentos. Algunos se ríen de todo esto, padre Peregrine.
-Ya lo sé. Para tranquilidad de esos padres instalaremos esta campana, en una torrecita.
-¿Y qué haremos con el órgano?
-Lo tocaremos mañana, en el primer servicio.
-Pero, los marcianos...
-Ya lo sé. Pero vuelvo a repetírselo. Para nuestra propia comodidad, nuestra propia música. Más tarde descubriremos la música marciana.
Los padres se levantaron muy temprano en la mañana de domingo, y se movieron en el aire helado como pálidos fantasmas, con las sotanas cubiertas de escarcha crujiente.
Estaban como adornados de campanillas, y esparcían a su alrededor unas gotas plateadas.
-Me pregunto si hoy es domingo en Marte -murmuró el padre Stone, pero al ver el gesto del padre Peregrine continuo-: Puede ser miércoles o jueves, ¿quién sabe? Pero no importa. Dejemos correr la imaginación. Es domingo para nosotros. Adelante.
Los padres entraron en la plataforma de la «iglesia» y se arrodillaron, estremeciéndose, con los labios morados.
El padre Peregrine pronunció una breve oración, y puso los fríos dedos sobre las teclas del órgano. La música se alzó como un vuelo de hermosos pájaros. El padre Peregrine tocaba las teclas como un hombre que mueve las manos entre las hierbas de un jardín salvaje, levantando grandes bandadas de belleza hacia las colinas.
La música calmó el aire. Se sentía el olor fresco de la mañana. La música flotó entre las colinas e hizo caer una lluvia de polvo mineral. Los padres esperaban.
-Bueno, padre Peregrine. -El padre Stone recorrió con los ojos el cielo vacío donde el sol, rojizo como un horno, se estaba levantando-. No veo a sus amigos -Probaré otra vez.
El padre Peregrine tenía el rostro cubierto de sudor. Construyó una iglesia de música, tan alta que su presbiterio se alzaba en Nínive y sus agujas junto a la izquierda de San
Pedro. Cuando el padre Peregrine dejó de tocar, la música no se deshizo. Se convirtió en un grupo de nubes blancas, y el viento las llevó hacia otras tierras.
El cielo estaba todavía vacío.
-¡Tienen que venir! -Pero el padre Peregrine sintió que el terror lo invadía, lentamente-.
Recemos.
Pidamos que vengan. Los marcianos saben leer el pensamiento.
Los padres volvieron a arrodillarse, entre murmullos y suspiros. Rezaron.
Y del este, de las montañas de hielo, a las siete en punto de aquella mañana de domingo, quizá mañana de jueves o de lunes en Marte, surgieron los delicados globos de fuego. Flotaron suavemente y descendieron hasta rodear a los padres temblorosos.
-Gracias, oh, gracias, Señor.
El padre Peregrine cerró con fuerza los ojos y tocó la música, y cuando terminó, volvió la cabeza y miró a sus asombrosos feligreses.
Y una voz le rozó la mente. Dijo la voz:
-Hemos venido sólo por un rato.
-Pueden quedarse -dijo el padre Peregrine.
-Sólo por un rato -dijo la voz serenamente-. Hemos venido a deciros algo. Podíamos haber hablado antes. Pero creímos que si os dejábamos solos seguiríais quizá vuestro camino.
El padre Peregrine comenzó a hablar, pero la voz lo detuvo.
-Somos los viejos -dijo la voz, y las palabras entraron en el padre Peregrine como una llamarada de gases azules que ardieron en las cámaras de su cabeza-. Somos los viejos marcianos. Dejamos las ciudades de mármol y vinimos a las colinas, alejándonos de nuestra antigua vida material. Nos convertimos, hace mucho tiempo, en esto que somos ahora. Una vez fuimos hombres, con cuerpos y piernas y brazos como los vuestros. Dice la leyenda que uno de nosotros, un hombre sabio, descubrió el modo de liberar el alma y la mente del hombre, de liberarlos de las enfermedades corporales, la melancolía, la muerte, las transfiguraciones, los malos humores y la vejez, y entonces tomamos esta forma de luz y fuego azul, y comenzamos a vivir, para siempre, en el viento, el cielo y las colinas, ya nunca orgullosos ni arrogantes, ni ricos ni pobres, ni apasionados ni fríos.
Vivimos apartados de los hombres que habitan este mundo. Nadie recuerda cómo ha podido ocurrir. El método ha sido olvidado. Pero no morimos nunca, ni hacemos daño a nadie. Hemos dejado los pecados del cuerpo, y vivimos en estado de gracia. No deseamos los bienes ajenos; no tenemos bienes. No robamos y no matamos, desconocemos la concupiscencia y el odio. Vivimos felices. No podemos reproducirnos, no podemos beber, ni comer, ni guerrear. Cuando abandonamos nuestros cuerpos, abandonamos también las sensualidades y las debilidades de la carne. Nos hemos librado del pecado, padre Peregrine. Nuestros pecados han ardido como hojas de otoño, se han desvanecido como las flores sexuales de una primavera roja y amarilla, han quedado atrás como las noches sofocantes del más cálido verano. Y nuestra estación es templada, y en nuestro clima florecen los pensamientos.
El padre Peregrine se había incorporado, pues la voz lo tocaba de tal modo que se sentía casi fuera de sí. Era un éxtasis y una llama que le atravesaban el cuerpo.
-Deseamos deciros que apreciamos que hayáis construido este edificio para nosotros, pero no nos hace falta, pues cada uno de nosotros es un templo en sí mismo, y no necesita lugar alguno para purificarse. Perdonadnos que no hayamos venido antes, pero vivimos muy apartados los unos de los otros, y no hemos hablado con nadie durante diez mil años, ni hemos intervenido en la vida de este viejo planeta. Se os ha ocurrido ahora que somos como los lirios del campo: no trabajamos, no hilamos. Tenéis razón. Os sugerimos por lo tanto que llevéis este templo a las nuevas ciudades y allí limpiéis a otros hombres. Pues creedlo, nosotros vivimos felices, y en paz.
Los padres seguían arrodillados, envueltos en aquella vasta luz azul, y el padre
Peregrine se había arrodillado también, y todos lloraban. No les importaba haber perdido el tiempo. No les importaba.
Las esferas azules murmuraron y comenzaron a elevarse otra vez, en una ráfaga de aire fresco.
-Puedo... -gritó el padre Peregrine, titubeando, y con los ojos cerrados-, ¿puedo venir otra vez, algún día, a aprender de vosotros?
Los fuegos azules resplandecieron. El aire se estremeció.
Sí. Algún día podría volver. Algún día.
Y en seguida los globos de fuego se alejaron y desaparecieron, y el padre Peregrine era un niño arrodillado, con los ojos llenos de lágrimas, que gritaba:
-¡Vuelvan! ¡Vuelvan! -Y en cualquier momento el abuelo lo alzaría en brazos y lo llevaría escaleras arriba, a aquel dormitorio de un antiguo pueblo de Ohio...
Los padres abandonaron las colinas. Caía el sol. El padre Peregrine volvió la cabeza y vio los fuegos azules que ardían a lo lejos. No, pensó, no podemos levantar una iglesia para vosotros. Sois la belleza misma. ¿Qué iglesia puede competir con el fuego de un alma pura?
El padre Stone caminaba en silencio a su lado, y dijo al fin:
-Yo creo que hay una verdad en todos los mundos. Y todas ellas son partes de una misma verdad. Un día todas se unirán como trozos de un gran rompecabezas. Ha sido una verdadera experiencia, padre Peregrine. Nunca volveré a tener más dudas. Pues esta verdad es tan cierta como la verdad de la Tierra, y ambas concuerdan entre sí. Iremos a otros mundos, y sumaremos las distintas fracciones de la verdad hasta que el total se alce ante nosotros como la luz de un nuevo día.
-Es mucho decir viniendo de usted, padre Stone.
-Lamento, en cierto modo, que descendamos a la ciudad, para ocuparnos de seres de nuestra propia especie. Esas luces azules. Cuando se posaron alrededor de nosotros, y esa voz.
El padre Stone se estremeció.
El padre Peregrine lo tomó de un brazo. Caminaron juntos.
-Y sabe usted -dijo el padre Stone finalmente, con la vista fija en el hermano Matías que marchaba ante ellos, llevando cuidadosamente en los brazos aquella esfera de vidrio donde una fosforescencia azul brillaba para siempre-, sabe usted, padre Peregrine, ese globo...
-¿Sí?
-Es Él. Es Él, al fin y al cabo.
El padre Peregrine sonrió y juntos descendieron por las colinas, hacia la nueva ciudad.

Un lugar limpio y bien iluminado

Ernest Hemingway





Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las ho­jas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día, la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio, y, aunque era un buen cliente, sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo vigilaban.
—La semana pasada trató de suicidarse —dijo uno de ellos.
—¿Por qué?
—Estaba desesperado.
—¿Por qué?
—Por nada.
—¿Cómo sabes que era por nada?
—Porque tiene muchísimo dinero.
Estaban sentados uno al lado del otro en una mesa próxi­ma a la pared, cerca de la puerta del café y miraban hacia la terraza, donde las mesas estaban vacías, excepto la del viejo sentado a la sombra de las hojas, que el viento movía ligera­mente. Una muchacha y un soldado pasaron por la calle. La luz del farol brilló sobre el número de cobre que llevaba el hombre en el cuello de la chaqueta. La muchacha iba descu­bierta y caminaba apresuradamente a su lado.
—Los guardias civiles lo recogerán —dijo uno de los ca­mareros.
—¿Y qué importa si consigue lo que busca?
—Sería mejor que se fuera ahora. Los guardias han pasado hace cinco minutos y volverán.
El viejo sentado a la sombra golpeó con el vaso en el pla­tillo que tenía a su lado y el camarero joven al oírle se le acercó.
—¿Qué desea usted?
El viejo lo miró.
—Otro coñac —dijo.
—Se emborrachará usted —dijo el camarero. El viejo lo miró. El camarero se fué.
—Se quedará toda la noche —dijo a su colega—. Tengo sue­ño y nunca puedo irme a la cama antes de las tres de la maña­na. Debería haberse suicidado la semana pasada.
El camarero tomó la botella de coñac y otro platillo del mostrador que se hallaba en la parte interior del café y se en­caminó a la mesa del viejo. Puso el platillo sobre la mesa y llenó la copa de coñac.
—Debía haberse suicidado usted la semana pasada —dijo al viejo sordo. El anciano hizo un movimiento con el dedo.
—Un poco más —murmuró.
El camarero terminó de llenar la copa hasta que el coñac desbordó y se deslizó por el pie de la copa hasta llegar al pri­mer platillo.
—Gracias —dijo el viejo.
El camarero volvió con la botella al interior del café y se sentó nuevamente a la mesa con su colega.
—Ya está borracho—dijo.
—Se emborracha todas las noches.
—¿Por qué quería suicidarse?
—¿Cómo puedo saberlo?
—¿Cómo lo hizo?
—Se colgó de una cuerda.
—¿Quién lo bajó?
—Su sobrina.
—¿Por qué lo hizo?
—Por temor de que se condenara su alma.
—¿Cuánto dinero tiene?
—Muchísimo.
—Debe tener ochenta años.
—Si, yo también diría que tiene ochenta.
—Me gustaría que se fuera a su casa. Nunca puedo acostar­me antes de las tres. ¿Qué hora es ésa para irse a la cama?
—Se queda porque le gusta.
—Él está solo. Yo no. Tengo una mujer que me espera en la cama.
—El también tuvo una mujer.
—Ahora, una mujer no le serviría de nada.
—No puedes asegurarlo. Podría estar mejor, si tuviera una mujer.
—Su sobrina lo cuida.
—Lo sé. Tú dijiste que le había cortado la soga.
—No me gustaría ser tan viejo. Un viejo es una cosa as­querosa.
—No siempre. Este hombre es limpio. Bebe sin derramarse el liquido encima. Aun ahora que está borracho, míralo.
—No quiero mirarlo. Quisiera que se fuera a su casa. No tiene ninguna consideración con los que trabajan.
El viejo miró desde su copa hacia la calle y luego a los camareros.
—Otro coñac —dijo, señalando su copa. Se le acercó el ca­marero que tenía prisa por irse.
—¡Terminó! —dijo, hablando con esa omisión de la sintaxis que la gente estúpida emplea al hablar con los beodos o los extranjeros—. No más esta noche. Cerramos.
—Otro —dijo el viejo.
—¡No! ¡Terminó! —Limpió el borde de la mesa con su ser­villeta y meneó la cabeza.
El viejo se puso de pie, contó lentamente los platillos, sacó del bolsillo un billetero de cuero y pagó las bebidas, dejando una peseta de propina.
El camarero lo miraba mientras salía a la calle. El viejo ca­minaba un poco tambaleante, aunque con dignidad.
—¿Por qué no lo dejaste que se quedara a beber? —preguntó el camarero que no tenia prisa. Estaban bajando las puertas metálicas—. Todavía no son las dos y media.
—Quiero irme a casa.
—¿Qué es una hora?
—Mucho más para mi, que para él.
—Una hora no tiene importancia.
—Hablas como un viejo. Bien puede comprar una botella y bebérsela en su casa.
—No es lo mismo.
—No; no lo es —admitió el camarero que tenía esposa—. No quería ser injusto. Sólo tenía prisa.
—¿Y tú? ¿No tienes miedo de llegar a tu casa antes de la hora de costumbre?
—¿Estás tratando de insultarme?
—No, hombre, sólo quería hacerte una broma.
—No —el camarero que tenía prisa se irguió después de haber asegurado la puerta metálica—. Tengo confianza. Soy todo confianza.
—Tienes juventud, confianza y un trabajo —dijo el camarero de más edad—. Lo tienes todo.
—¿Y a ti, qué te falta?
—Todo; menos el trabajo.
—Tienes todo lo que tengo yo.
—No. Nunca he tenido confianza y ya no soy joven.
—Vamos. Deja de decir tonterías y cierra.
—Soy de aquellos a quienes les gusta quedarse hasta tarde en el café —dijo el camarero de más edad—, con todos aquellos que no desean irse a la cama; con todos los que necesitan luz por la noche.
—Yo quiero irme a casa y a la cama.
—Somos muy diferentes —dijo el camarero de más edad. Se estaba vistiendo para irse a su casa—. No es sólo una cuestión de juventud y confianza, aunque esas cosas son muy hermosas. Todas las noches me resisto a cerrar porque puede haber al­guien que necesite el café.
—¡Hombre! Hay bodegones que están abiertos toda la noche.
—Tú no entiendes. Este es un café limpio y agradable. Está bien iluminado. La luz es muy buena y también, ahora, las ho­jas hacen sombra.
—Buenas noches —dijo el camarero más joven.
—Buenas noches —dijo el otro.

Saturday, October 17, 2009

"Sin erotismo no hay gran literatura"

Mario Vargas Llosa

Testimonios recogidos por Javier Rodríguez Marcos.

Lecturas eróticas

Mario Vargas Llosa: "Sin erotismo no hay gran literatura"

El autor de Elogio de la madrastra comenta algunas lecturas fundamentales de la literatura erótica al tiempo que repasa su biografía como aficionado al género desde los días de estudiante en la Lima de su juventud y reflexiona sobre las conexiones entre placer sexual y placer estético.

Digámoslo desde el principio: no hay gran literatura erótica, lo que hay es erotismo en grandes obras literarias. Una literatura especializada en erotismo y que no integre lo erótico dentro de un contexto vital es una literatura muy pobre. Un texto literario es más rico en la medida en que integra más niveles de experiencia. Si dentro de ese contexto el erotismo juega un papel primordial, se puede hablar verdaderamente de literatura erótica.

La Celestina, por ejemplo, es una obra maestra, probablemente la más importante de la literatura española después del Quijote. Decir que La Celestina es una obra erótica sería empobrecerla, porque aunque es eso, también es muchas otras cosas: una obra de una gran riqueza verbal, de una gran inteligencia en su construcción, que incluye muchas manifestaciones de la vida -la moral, la cultura, la psicología-, pero indudablemente el erotismo tiene en ella un papel primordial.

¿Un ejemplo contemporáneo? Lolita, de Nabokov, una de las grandes novelas modernas. En ella el erotismo tiene un papel principal entre muchos otros ingredientes que juegan un papel similar dentro de una gran complejidad. Así es como se da en la vida la experiencia erótica. Una exaltación muy desembozada de la pulsión sexual, de la fantasía erótica, de los fantasmas, del derecho al placer. Todo eso está en Lolita, que, por otra parte, es una obra muy intelectual. El mejor erotismo nunca está disociado de otras manifestaciones, que, además, lo enriquecen".

Erotismo y pornografía

"La frontera entre erotismo y pornografía sólo se puede definir en términos estéticos. Toda literatura que se refiere al placer sexual y que alcanza un determinado coeficiente estético puede ser llamada literatura erótica. Si se queda por debajo de ese mínimo que da categoría de obra artística a un texto, es pornografía. Si la materia importa más que la expresión, un texto podrá ser clínico o sociológico, pero no tendrá valor literario. El erotismo es un enriquecimiento del acto sexual y de todo lo que lo rodea gracias a la cultura, gracias a la forma estética. Lo erótico consiste en dotar al acto sexual de un decorado, de una teatralidad para, sin escamotear el placer y el sexo, añadirle una dimensión artística.

Ese tipo de literatura alcanzó su apogeo en el siglo XVIII. Los de ese siglo son grandes textos eróticos que a la vez son grandes textos artísticos. A esto habría que añadirle que en ellos hay una carga crítica que hoy se ha perdido. Los autores de esa época creían que escribir de esa manera, reivindicar el placer sexual y darle al cuerpo ese tratamiento reverente era un acto de rebeldía, un desafío a lo establecido, al poder. Los escritores eróticos eran, pues, pensadores revolucionarios. Diderot, por ejemplo. O Mirabeau, que desde la prisión escribe a Sofía de Monnier cartas de un contenido sexual muy fuerte. Para él esos escritos forman parte de una lucha por la transformación humana, por la reforma social. El caso más extremo, sería el marqués de Sade, aunque no creo que de los textos de Sade pueda decirse que son de exaltación del placer erótico. Hay algo intelectual, obsesivo, casi fanático en sus demostraciones sexuales.

Sea como fuere, el reconocimiento del derecho al placer es en el siglo XVIII un instrumento para conseguir un mundo mejor, más libre, más auténtico, menos hipócrita, un medio para liberar al individuo de las iglesias, de las convenciones. Eso no se vuelve a alcanzar. El erotismo en el siglo XIX se convierte en un juego muy refinado. Y en el XX se banaliza, se vuelve superficial y previsible, se comercializa, en el peor sentido de la palabra. Ya no genera experimentación formal y pierde su carga crítica, salvo en casos excepcionales, como el de Bataille. Los escritos de Georges Bataille son profundamente revulsivos, muy desafiantes con las últimas convenciones. A la vez son más lúgubres y siniestros. Los suyos son más textos de perversión que de asunción del placer, pero es uno de los escritores modernos en los que el erotismo va acompañado de una gran audacia artística".

Liberalidad contra literatura

"La liberalidad de las costumbres, que es un progreso moral para la sociedad, ha jugado tradicionalmente en contra de la literatura erótica. Ha hecho que el erotismo pierda la carga de inconformismo, de desafío a la moral establecida que tenía cuando los de talante erótico eran libros para leer a escondidas, volúmenes que estaban en los infiernos de las bibliotecas, lo que les daba una aureola especial. Eso ha desaparecido y ha hecho que el erotismo se haya vuelto previsible, convencional, mecánico, es decir, que se haya degradado en pornografía. Hoy escribir un libro erótico es mucho más difícil que en el pasado porque ya no es la censura lo que hay que flanquear, sino el escollo de la banalidad y del estereotipo. Hay una permisividad tal que todo es aceptable y aceptado. El efecto escandaloso ha desaparecido. Ahora hay un erotismo más de lujo, refinado, como un juego elegante. Un buen ejemplo de esto serían las obras de André Pieyre de Mandiargues, que son muy finas y están muy bien escritas, con un aliento poético un tanto surrealista pero de una carga sensual muy marcada, con una dosis de fantasía muy grande. Es lo contrario del malditismo buscado de Bataille, que pensaba que por ahí vendría una liberación del espíritu. En Mandiargues todo es juego, aunque sea de un alto nivel.

En el mundo de lengua española la literatura erótica como tal es casi inexistente. La hubo en el pasado, tal vez porque hubo también una tradición represiva muy grande. En la literatura moderna hay textos de una gran libertad de expresión, insolentes, hasta vulgares, pero el erotismo no es eso, sino que exige cierto refinamiento. El erotismo no es de sociedades primitivas. Requiere una evolución en las formas y una adquisición de grandes espacios de libertad para el individuo. Sólo en ese contexto la relación sexual se convierte en un juego, en un teatro, en una ceremonia, en unos ritos, y adquiere una connotación artística. El amor se practica entonces como un espectáculo rodeado de formas. Eso no se da en culturas muy represivas ni muy reprimidas, y por supuesto, no se da en sociedades primitivas. La tradición erótica presupone un elevado nivel de civilización".

Biografía de lector

"Descubrí la literatura erótica cuando era estudiante universitario, de una manera casual. Conseguí un trabajo de ayudante de bibliotecario de un club social de Lima muy activo, el Club Nacional, el de la gente rica. Mi maestro de historia era el bibliotecario de ese club y me contrató como ayudante. Mi labor consistía en ir dos horas al día a fichar los libros que se adquirían. En esa época ya no se hacían muchas adquisiciones, así es que yo aprovechaba esas horas leyendo los libros de la biblioteca del club, que en el pasado había adquirido libros eróticos de gran calidad. Tenían la colección completa de Les Maîtres de l'Amour (los maestros del amor), una colección que dirigió en Francia Apollinaire, con muchos libros prologados por él mismo, a veces de una manera muy erudita, siempre muy irónica. Allí descubrí la tradición erótica al más alto nivel literario: Sade, Restif de la Bretonne, John Cleland, el autor de Fanny Hill, Sacher-Masoch, Casanova, por supuesto, allí estaban los tres tomos de sus memorias... Estaban todos. Durante un tiempo, y de una forma un tanto inocente, pensé que ahí estaba la verdadera revolución, que en ese tipo de literatura se estaba gestando una transformación profunda de la sociedad, de la moral, del individuo. Era una idea bastante ingenua de los poderes de la literatura erótica. Descubrí, no obstante, una veta riquísima. Había, por ejemplo, unos tomos con una selección de los cuentos más eróticos de Las mil y una noches. La colección era muy interesante porque reunía grandes textos eróticos y además daba una perspectiva erótica para acercarse a la literatura en general.

Durante un tiempo leí esos libros con gran pasión. Después supongo que descubrí su gran limitación: la monotonía. La relación sexual enriquece extraordinariamente la vida, pero es limitada. Por más inteligencia que se ponga en renovarla, siempre transcurre en un marco determinado. Y eso da a los textos que son sólo eróticos una gran monotonía, los hace caer en la rutina de lo previsible. Por eso el mejor erotismo es el que aparece en obras que no son sólo eróticas, aquéllas en las que lo erótico es un ingrediente dentro de un mundo diverso y complejo. Y eso nos lleva, de nuevo, a la gran literatura. De ahí que pueda decirse que sin erotismo raramente hay gran literatura. Y al revés, una literatura que es sólo erótica difícilmente llega a ser grande".

Una antología espontánea

"Un texto que sólo es erótico resulta muy poco convincente porque pierde vitalidad. Como la vida no es sólo sexo, un texto en el que la vida no es otra cosa, termina siendo muy artificial y postizo, un juego lúdico disociado de la experiencia vivida convertido muchas veces en un artificio intelectual. No es ése el erotismo que me seduce y estimula. En cambio, para mí es muy difícil que haya una gran novela en la que no haya páginas de una alta intensidad sexual. Recuerdo novelas de las que no se podría decir que son eróticas, pero en las que hay episodios de una carga erótica tal que se han convertido en el cráter de esas novelas, en la imagen que las sintetiza. Por ejemplo, en Esplendor y miseria de cortesanas, de Balzac, hay un viaje en diligencia con dos personajes, una pasajera y un joven que viaja frente a ella. Las irregularidades del terreno precipitan a unos pasajeros contra otros, y el joven siente de repente el roce de las rodillas de la pasajera. Es una descripción maravillosa. De esa novela no se me olvidará nunca el roce en esa clandestinidad nerviosa. Esos fogonazos eróticos dentro de una historia tienen para mí una importancia capital. Un relato sin esas apariciones de lo sensual no alcanza nunca la grandeza de las novelas que incorporan esa experiencia. Lo mismo pasa en el Quijote con la escena de Maritornes, en la que hay un erotismo muy rico, aunque esté atenuado por el humor y por el sarcasmo. Tal vez porque era la única manera de pasar la censura. Jaime Gil de Biedma contaba que de joven había tenido una gran inflamación erótica con esa escena.

Siempre he tenido la idea de hacer una antología del erotismo no buscado, no deliberado. Es un proyecto que me sigue dando vueltas. Sería algo así como la antología del humor negro de André Breton o la antología de lo fantástico de Roger Caillois. Se podría hacer una selección preciosa con textos eróticos procedentes de libros que no sólo no son eróticos sino que difícilmente podrían concebirse como eróticos, por ejemplo, algunos textos religiosos, los místicos. Muchas cosas de san Juan de la Cruz pueden leerse en clave erótica. Si uno los lee con un espíritu laico le pueden inflamar extraordinariamente. Lo mismo podría decirse del Cantar de los cantares. De hecho, el misticismo ha estado siempre muy cerca del erotismo. Recuerdo, a propósito, San Genet, comediante y mártir, un ensayo en el que Sartre compara, de un modo muy convincente, textos de Genet con textos místicos.

Otro fragmento de antología es el comienzo de Moby Dick, una de mis novelas de cabecera. En esas páginas hay una relación extraña entre dos personajes masculinos, un indio y el narrador, que duermen juntos en una casa. Aparentemente todo es muy puro, sin sombra de erotismo, pero un lector malicioso, y todos lo somos, puede encontrar extraordinariamente extraña la convivencia de estos dos personajes, que establecen una especie de fraternidad carnal, aunque no se mencione ni por asomo la posibilidad de una relación homosexual. Otra muestra: la carga erótica del monólogo de Molly Bloom, en el Ulises de Joyce. Son unas páginas de una fuerza extraordinaria por la increíble sensualidad de Molly, que impregna todo el monólogo de una especie de vaho seminal. Una lectura 'malintencionada' podría dar una maravillosa antología del erotismo no buscado, aislando textos, igual que en esos libros de arte que reproducen fragmentos de obras concretas".

Un canon personal

"En mi canon personal de la literatura erótica entendida en el sentido tradicional estarían, entre los textos clásicos, el Decamerón de Bocaccio, que tiene algunas historias muy ingeniosas y divertidas. Más tarde, Fanny Hill, de John Cleland, y Memorias de una cantante alemana, de Wilhelmine Shroeder-Devrient. El marqués de Sade, por supuesto: la historia de Justine quizá sea la más compacta y ordenada. De Restif de la Bretonne, El pie de Mignonne (el pie de la bonita, de la chica bonita, podría traducirse), una novela absolutamente deliciosa en la que los personajes se enamoran de la protagonista exclusivamente a través de su pie. Es una novela fetichista con un humor que le da mucha gracia. Dentro de la literatura más moderna, Bataille, desde luego. ¿Qué libro de Bataille? La historia del ojo. Es la más novela, la que tiene mejor tejido narrativo, aunque en ocasiones el exceso de perversión la desvitalice un poco y la vuelva un tanto intelectual. Es, no obstante, un libro excelente. En esa lista estaría también Sacher- Masoch y La Venus de las pieles. Los trópicos de Miller, el de Capricornio y el de Cáncer. El cuaderno negro, de Lawrence Durrell, aunque es de un erotismo un poco siniestro, pero muy bello. Se trata, además, de un acto de gran coraje y de un exhibicionismo bastante audaz.

Dentro de la literatura española lo más interesante son ciertos capítulos del Tirant lo Blanc, escritos con extraordinaria gracia y talento: las historias de la princesa Carmesina y sus juegos con Plaerdemavida. Todas las escenas de alcoba del Tirant son obras maestras de la literatura erótica. Y, por supuesto, La Celestina. Y La lozana andaluza, un libro muy divertido, de una libertad insólita para la época en cuestiones de sexo, aunque por momentos haya un exceso de vulgaridad. Para mí ese exceso en un texto erótico lo hace irreal, lo convierte en un juego verbal.

Hay un autor, por último, que habría que citar: Roger Vailland, que trabajó con Roger Vadim, el director de Y Dios creó a la mujer, la película de Brigitte Bardot... Vailland escribió algunas novelas que no tiene demasiado interés, pero sobre todo escribió La mirada fría, un ensayo sobre erotismo que lleva un epígrafe de Sade que dice: 'Y él lanzó sobre mí la mirada fría del perfecto libertino'. Es un libro muy interesante en el que sostiene que para que haya erotismo tiene que haber represión, que la libertad y el erotismo están reñidos. Dice que las muchachas del siglo XVIII han pasado a la historia de la civilización como las más eróticas. ¿Por qué? Porque estaban educadas en los conventos, y los conventos, a través de sus prohibiciones y de sus obsesiones, creaban una curiosidad y unos tabúes que eran los mayores fermentos para la imaginación. Vailland dice que sin la Iglesia católica no hubiera sido posible el erotismo. Por una parte creó las prohibiciones y, por otra, creó un entorno, un ceremonial que le ha suministrado al erotismo su instrumental más rico y novedoso".

Elogio de la madrastra

"Elogio de la madrastra es un juego con muchas alusiones a las imágenes eróticas de la pintura. Para mí escribir esa novela fue un experimento divertido que me permitió emplear un lenguaje muy rico y preciosista que no utilizo jamás en mis obras, en las que el lenguaje es muy funcional, siempre en relación con lo que quiero contar. En el Elogio había un juego formal que permitía contar la historia con un lenguaje rebuscado, muy poco realista. En Los cuadernos de Don Rigoberto, sin embargo, el erotismo es más intelectual. Hay juego, pero en menor medida que en Elogio de la madrastra. Allí el lenguaje ya no es el mismo, no podía serlo. La historia tenía más pretensiones realistas y el lenguaje es, no diré más crudo, pero sí que está menos presente. En el Elogio el lenguaje es casi un espectáculo por sí mismo, una presencia que se interpone entre el lector y la historia".

Placer frío

"Últimamente ha cobrado gran fama La vida sexual de Catherine M., de Catherine Millet, pero en este caso no se trata de erotismo. Es un libro muy interesante, pero no erótico, sino profundamente intelectual, una especie de autoexamen, casi una autoautopsia de la vida íntima de la autora. Yo no recuerdo haber leído una sola página de ese libro sintiendo que ahí había un estímulo sexual. Se trata, eso sí, de una experiencia insólita: la de una persona que cuenta con total desenvoltura la historia de una sexualidad desenfrenada. Lo más sorprendente del libro es, con todo, la frialdad con que ella expone esa experiencia. Aunque la población de los fantasmas personales es infinita, no creo que ese libro pueda inflamar sexualmente a nadie. Un libro erótico, a la vez que produce un placer estético, es un libro que tiene también que hacer las veces de un afrodisiaco. Si no te crea una sensación de entusiasmo y de apetito sexual no termina de cumplir enteramente su función".


Babelia (Suplemento de El País de Madrid), Sábado 4 de agosto de 2001


Sunday, October 11, 2009

Prólogo a Rayuela

Por César Bruto

"Siempre que viene el tiempo fresco, o sea al medio del otonio, a mí me da la loca de pensar ideas de tipo eséntrico y esótico, como ser por egenplo que me gustaría venirme golondrina para agarrar y volar a los paíx adonde haiga calor, o ser hormiga para meterme bien adentro de una cueva y comer los productos guardados en el verano o de ser una víbora como las del solojicO, que las tienen bien guardadas en una jaula de vidrio con calefación para que no se queden duras de frío, que es lo que les pasa a los pobres seres humanos que no pueden comprarse ropa con lo cara questá, ni pueden calentarse por la falta del querosén, la falta del carbón, la falta de plata, porque cuando uno anda con biyuya ensima puede entrar a cualquier boliche y mandarse una buena grapa que hay que ver lo que calienta, aunque no conbiene abusar, porque del abuso entra el visio y del visio la dejeneradés tanto del cuerpo como de las taras moral de cada cual, y cuando se viene abajo por la pendiente fatal de la falta de buena condupta en todo sentido, ya nadie ni nadies lo salva de acabar en el más espantoso tacho de basura del desprestijio humano, y nunca le van a dar una mano para sacarlo de adentro del fango enmundo entre el cual se rebuelca, ni mas ni meno que si fuera un cóndor que cuando joven supo correr y volar por la punta de las altas montanias, pero que al ser viejo cayó parabajo como bombardero en picada que le falia el motor moral. ¡Y ojalá que lo que estoy escribiendo le sirbalguno para que mire bien su comportamiento y que no searrepienta cuando es tarde y ya todo se haiga ido al corno por culpa suya!"

Ylla

Ray Bradbury


Tenía en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal, y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que brotaba de las paredes de cristal, o mientras limpiaba la casa con puñados de un polvo magnético que recogía la suciedad y luego se dispersaba en el viento cálido. A la tarde, cuando el mar fósil yacía inmóvil y tibio, y las viñas se erguían tiesamente en los patios, y en el distante y recogido pueblito marciano nadie salía a la calle, se podía ver al señor K en su cuarto, que leía un libro de metal con jeroglíficos en relieve, sobre los que pasaba suavemente la mano como quien toca el arpa. Y del libro, al contacto de los dedos, surgía un canto, una voz antigua y suave que hablaba del tiempo en que el mar bañaba las costas con vapores rojos y los hombres lanzaban al combate nubes de insectos metálicos y arañas eléctricas. El señor K y su mujer vivían desde hacía ya veinte años a orillas del mar muerto, en la misma casa en que habían vivido sus antepasados, y que giraba y seguía el curso del sol, como una flor, desde hacía diez siglos.

El señor K y su mujer no eran viejos. Tenían la tez clara, un poco parda, de casi todos los marcianos; los ojos amarillos y rasgados, las voces suaves y musicales.

En otro tiempo habían pintado cuadros con fuego químico, habían nadado en los canales, cuando corría por ellos el licor verde de las viñas y habían hablado hasta el amanecer, bajo los azules retratos fosforescentes, en la sala de las conversaciones.

Ahora no eran felices.

Aquella mañana, la señora K, de pie entre las columnas, escuchaba el hervor de las arenas del desierto, que se fundían en una cera amarilla, y parecían fluir hacia el horizonte.

Algo iba a suceder.

La señora K esperaba.

Miraba el cielo azul de Marte, como si en cualquier momento pudiera encogerse, contraerse, y arrojar sobre la arena algo resplandeciente y maravilloso.

Nada ocurría.

Cansada de esperar, avanzó entre las húmedas columnas. Una lluvia suave brotaba de los acanalados capiteles, caía suavemente sobre ella y refrescaba el aire abrasador. En estos días calurosos, pasear entre las columnas era como pasear por un arroyo. Unos frescos hilos de agua brillaban sobre los pisos de la casa. A lo lejos oía a su marido que tocaba el libro, incesantemente, sin que los dedos se le cansaran jamás de las antiguas canciones. Y deseó en silencio que él volviera a abrazarla y a tocarla, como a una arpa pequeña, pasando tanto tiempo junto a ella como el que ahora dedicaba a sus increíbles libros.

Pero no. Meneó la cabeza y se encogió imperceptiblemente de hombros. Los párpados se le cerraron suavemente sobre los ojos amarillos. El matrimonio nos avejenta, nos hace rutinarios, pensó.

Se dejó caer en una silla, que se curvó para recibirla, y cerró fuerte y nerviosamente los ojos.

Y tuvo el sueño.

Los dedos morenos temblaron y se alzaron, crispándose en el aire.

Un momento después se incorporó, sobresaltada, en su silla. Miró vivamente a su alrededor, como si esperara ver a alguien, y pareció decepcionada. No había nadie entre las columnas.

El señor K apareció en una puerta triangular

-¿Llamaste? -preguntó, irritado.

-No -dijo la señora K.

-Creí oírte gritar.

-¿Grité? Descansaba y tuve un sueño.

-¿Descansabas a esta hora? No es tu costumbre.

La señora K seguía sentada, inmóvil, como si el sueño, le hubiese golpeado el rostro.

-Un sueño extraño, muy extraño -murmuró.

-Ah.

Evidentemente, el señor K quería volver a su libro.

-Soñé con un hombre -dijo su mujer

-¿Con un hombre?

-Un hombre alto, de un metro ochenta de estatura

-Qué absurdo. Un gigante, un gigante deforme.

-Sin embargo... -replicó la señora K buscando las palabras-. Y... ya sé que creerás que soy una tonta, pero... ¡tenía los ojos azules!

-¿Ojos azules? ¡Dioses! -exclamó el señor K- ¿Qué soñarás la próxima vez? Supongo que los cabellos eran negros.

-¿Cómo lo adivinaste? -preguntó la señora K excitada.

El señor K respondió fríamente:

-Elegí el color más inverosímil.

-¡Pues eran negros! -exclamó su mujer-. Y la piel, ¡blanquísima! Era muy extraño. Vestía un uniforme raro. Bajó del cielo y me habló amablemente.

-¿Bajó del cielo? ¡Qué disparate!

-Vino en una cosa de metal que relucía a la luz del sol -recordó la señora K, y cerró los ojos evocando la escena-. Yo miraba el cielo y algo brilló como una moneda que se tira al aire y de pronto creció y descendió lentamente. Era un aparato plateado, largo y extraño. Y en un costado de ese objeto de plata se abrió una puerta y apareció el hombre alto.

-Si trabajaras un poco más no tendrías esos sueños tan tontos.

-Pues a mí me gustó -dijo la señora K reclinándose en su silla-. Nunca creí tener tanta imaginación. ¡Cabello negro, ojos azules y tez blanca! Un hombre extraño, pero muy hermoso.

-Seguramente tu ideal.

-Eres antipático. No me lo imaginé deliberadamente, se me apareció mientras dormitaba. Pero no fue un sueño, fue algo tan inesperado, tan distinto...

El hombre me miró y me dijo: "Vengo del tercer planeta. Me llamo Nathaniel York..."

-Un nombre estúpido. No es un nombre.

-Naturalmente, es estúpido porque es un sueño -explicó la mujer suavemente-. Además me dijo: "Este es el primer viaje por el espacio. Somos dos en mi nave; yo y mi amigo Bart."

-Otro nombre estúpido.

-Y luego dijo: "Venimos de una ciudad de la Tierra; así se llama nuestro planeta." Eso dijo, la Tierra. Y hablaba en otro idioma. Sin embargo yo lo entendía con la mente. Telepatía, supongo.

El señor K se volvió para alejarse; pero su mujer lo detuvo, llamándolo con una voz muy suave.

-¿Yll? ¿Te has preguntado alguna vez... bueno, si vivirá alguien en el tercer planeta?

-En el tercer planeta no puede haber vida -explicó pacientemente el señor K-. Nuestros hombres de ciencia han descubierto que en su atmósfera hay demasiado oxígeno.

-Pero, ¿no sería fascinante que estuviera habitado? ¿Y que sus gentes viajaran por el espacio en algo similar a una nave?

-Bueno, Ylla, ya sabes que detesto los desvaríos sentimentales. Sigamos trabajando.

Caía la tarde, y mientras se paseaba por entre las susurrantes columnas de lluvia, la señora K se puso a cantar. Repitió la canción, una y otra vez.

-¿Qué canción es ésa? -le preguntó su marido, interrumpiéndola, mientras se acercaba para sentarse a la mesa de fuego.

La mujer alzó los ojos y sorprendida se llevó una mano a la boca.

-No sé.

El sol se ponía. La casa se cerraba, como una flor gigantesca. Un viento sopló entre las columnas de cristal. En la mesa de fuego, el radiante pozo de lava plateada se cubrió de burbujas. El viento movió el pelo rojizo de la señora K y le murmuró suavemente en los oídos. La señora K se quedó mirando en silencio, con ojos amarillos, húmedos y dulces al lejano y pálido fondo del mar, como si recordara algo.

-Brinda por mí con tus ojos y yo te prometeré con los míos -cantó lenta y suavemente, en voz baja y en otro idioma-. O deja un beso en tu copa y no pediré vino.

Cerró los ojos y susurró moviendo muy levemente las manos. Era una canción muy hermosa.

-Nunca oí esa canción. ¿Es tuya? -le preguntó el señor K mirándola fijamente.

-No. Sí... No sé -titubeó la mujer-. Ni siquiera comprendo las palabras. Son de otro idioma.

-¿Qué idioma?

La señora K dejó caer, distraídamente, unos trozos de carne en el pozo de lava.

-No lo sé.

Un momento después sacó la carne, ya cocida, y se la sirvió a su marido.

-Es una tontería que he inventado, supongo. No sé por qué.

El señor K no replicó. Observó cómo su mujer echaba unos trozos de carne en el pozo de fuego siseante. El sol se había ido. Lenta, muy lentamente, llegó la noche y llenó la habitación, inundando a la pareja y las columnas, como un vino oscuro que subiera hasta el techo. Sólo la encendida lava de plata iluminaba los rostros.

La señora K tarareó otra vez aquella canción extraña.

El señor K se incorporó bruscamente y salió irritado de la habitación.

Más tarde, solo, el señor K terminó de cenar.

Se levantó de la mesa, se desperezó, miró a su mujer y dijo bostezando:

-Tomemos los pájaros de fuego y vayamos a entretenernos a la ciudad.

-¿Hablas seriamente? -le preguntó su mujer-. ¿Te sientes bien?

-¿Por qué te sorprendes?

-No vamos a ninguna parte desde hace seis meses.

-Creo que es una buena idea.

-De pronto eres muy atento.

-No digas esas cosas -replicó el señor K disgustado-. ¿Quieres ir o no?

La señora K miró el pálido desierto; las melliza lunas blancas subían en la noche; el agua fresca y silenciosa le corría alrededor de los pies. Se estremeció levemente. Quería quedarse sentada, en silencio, sin moverse, hasta que ocurriera lo que había estado esperando todo el día, lo que no podía ocurrir, pero tal vez ocurriera. La canción le rozó la mente, como un ráfaga.

-Yo...

-Te hará bien -insistió su marido. Vamos.

-Estoy cansada. Otra noche.

-Aquí tienes tu bufanda -insistió el señor K alcanzándole un frasco-. No salimos desde hace meses.

Su mujer no lo miraba.

-Tú has ido dos veces por semana a la ciudad de Xi -afirmó.

-Negocios.

-Ah -murmuró la señora K para sí misma.

Del frasco brotó un liquido que se convirtió en un neblina azul y envolvió en sus ondas el cuello de señora K.

Los pájaros de fuego esperaban, como brillantes brasas de carbón, sobre la fresca y tersa arena. La flotante barquilla blanca, unida a los pájaros por mil cintas verdes, se movía suavemente en el viento de la noche.

Ylla se tendió de espaldas en la barquilla, y a una palabra de su marido, los pájaros de fuego se lanzaron ardiendo, hacia el cielo oscuro. Las cintas se estiraron, la barquilla se elevó deslizándose sobre las arenas, que crujieron suavemente. Las colinas azules desfilaron, desfilaron, y la casa, las húmedas columnas, las flores enjauladas, los libros sonoros y los susurrantes arroyuelos del piso quedaron atrás. Ylla no miraba a su marido. Oía sus órdenes mientras los pájaros en llamas ascendían ardiendo en el viento, como diez mil chispas calientes, como fuegos artificiales en el cielo, amarillos y rojos, que arrastraban el pétalo de flor de la barquilla.

Ylla no miraba las antiguas y ajedrezadas ciudades muertas, ni los viejos canales de sueño y soledad. Como una sombra de luna, como una antorcha encendida, volaban sobre ríos secos y lagos secos.

Ylla sólo miraba el cielo.

Su marido le habló.

Ylla miraba el cielo.

-¿No me oíste?

-¿Qué?

El señor K suspiró.

-Podías prestar atención.

-Estaba pensando.

-No sabía que fueras amante de la naturaleza, pero indudablemente el cielo te interesa mucho esta noche.

-Es hermosísimo.

-Me gustaría llamar a Hulle -dijo el marido lentamente-. Quisiera preguntarle si podemos pasar unos días, una semana, no más, en las montañas Azules. Es sólo una idea...

-¡En las montañas Azules! Gritó Ylla tomándose con una mano del borde de la barquilla y volviéndose rápidamente hacia él.

-Oh, es sólo una idea...

Ylla se estremeció.

-¿Cuándo quieres ir?

-He pensado que podríamos salir mañana por la mañana -respondió el señor K negligentemente-. Nos levantaríamos temprano...

-¡Pero nunca hemos salido en esta época!

-Sólo por esta vez. -El señor K sonrió-. Nos hará bien. Tendremos paz y tranquilidad. ¿Acaso has proyectado alguna otra cosa? Iremos, ¿no es cierto?

Ylla tomó aliento, esperó, y dijo:

-¿Qué?

El grito sobresaltó a los pájaros; la barquilla se sacudió.

-No -dijo Ylla firmemente-. Está decidido. No iré.

El señor K la miró y no hablaron más. Ylla le volvió la espalda.

Los pájaros volaban, como diez mil teas al viento.

Al amanecer, el sol que atravesaba las columnas de cristal disolvió la niebla que había sostenido a Ylla mientras dormía. Ylla había pasado la noche suspendida entre el techo y el piso, flotando suavemente en la blanda alfombra de bruma que brotaba de las paredes cuando ella se abandonaba al sueño. Había dormido toda la noche en ese río callado, como un bote en una corriente silenciosa. Ahora el calor disipaba la niebla, y la bruma descendió hasta depositar a Ylla en la costa del despertar.

Abrió los ojos.

El señor K, de pie, la observaba como si hubiera estado junto a ella, inmóvil, durante horas y horas. Sin saber por qué, Ylla apartó los ojos.

-Has soñado otra vez -dijo el señor K-. Hablabas en voz alta y me desvelaste. Creo realmente que debes ver a un médico.

-No será nada.

-Hablaste mucho mientras dormías.

-¿Sí? -dijo Ylla, incorporándose.

Una luz gris le bañaba el cuerpo. El frío del amanecer entraba en la habitación.

-¿Qué soñaste?

Ylla reflexionó unos instantes y luego recordó.

-La nave. Descendía otra vez, se posaba en el suelo y el hombre salía y me hablaba, bromeando, riéndose, y yo estaba contenta.

El señor K, impasible, tocó una columna. Fuentes de vapor y agua caliente brotaron del cristal. El frío desapareció de la habitación.

-Luego -dijo Ylla-, ese hombre de nombre tan raro, Nathaniel York, me dijo que yo era hermosa y... y me besó.

-¡Ah! -exclamó su marido, dándole la espalda.

-Sólo fue un sueño -dijo Ylla, divertida.

-¡Guárdate entonces esos estúpidos sueños de mujer!

-No seas niño -replicó Ylla reclinándose en los últimos restos de bruma química.

Un momento después se echó a reír.

-Recuerdo algo más -confesó.

-Bueno, ¿qué es, qué es?

-Tienes muy mal carácter.

-¡Dímelo! -exigió el señor K inclinándose hacia ella con una expresión sombría y dura-. ¡No debes ocultarme nada!

-Nunca te vi así -dijo Ylla, sorprendida e interesada a la vez-. Ese Nathaniel York me dijo... Bueno, me dijo que me llevaría en la nave, de vuelta a su planeta. Realmente es ridículo.

-¡Sí! ¡Ridículo! -gritó el señor K-. ¡Oh, dioses! ¡Si te hubieras oído, hablándole, halagándolo, cantando con él toda la noche! ¡Si te hubieras oído!

-¡Yll!

-¿Cuándo va a venir? ¿Dónde va a descender su maldita nave?

-Yll, no alces la voz.

-¡Qué importa la voz! ¿No soñaste -dijo el señor K inclinándose rígidamente hacia ella y tomándola de un brazo- que la nave descendía en el valle Verde? ¡Contesta!

-Pero, si...

-Y descendía esta tarde, ¿no es cierto?

-Sí, creo que sí, pero fue sólo un sueño.

-Bueno -dijo el señor K soltándola-, por lo menos eres sincera. Oí todo lo que dijiste mientras dormías. Mencionaste el valle y la hora.

Jadeante, dio unos pasos entre las columnas, como cegado por un rayo. Poco a poco recuperó el aliento. Su mujer lo observaba como si se hubiera vuelto loco. Al fin se levantó y se acercó a él.

-Yll -susurró:

-No me pasa nada.

-Estás enfermo.

-No -dijo el señor K con una sonrisa débil y forzada-. Soy un niño, nada más. Perdóname, querida. -La acarició torpemente.- He trabajado demasiado en estos días. Lo lamento. Voy a acostarme un rato.

-¡Te excitaste de una manera!

-Ahora me siento bien, muy bien -suspiró-. Olvidemos esto. Ayer me dijeron algo de Uel que quiero contarte. Si te parece, preparas el desayuno, te cuento lo de Uel y olvidamos este asunto.

-No fue más que un sueño.

-Por supuesto -dijo el señor K, y la besó mecánicamente en la mejilla-. Nada más que un sueño.

Al mediodía, las colinas resplandecían bajo el sol abrasador.

-¿No vas al pueblo? -preguntó Ylla.

El señor K arqueó ligeramente las cejas.

-¿Al pueblo?

-Pensé que irías hoy.

Ylla acomodó una jaula de flores en su pedestal. Las flores se agitaron abriendo las hambrientas bocas amarillas. El señor K cerró su libro.

-No -dijo-. Hace demasiado calor, y además es tarde.

-Ah -exclamó Ylla. Terminó de acomodar las flores y fue hacia la puerta-. En seguida vuelvo -añadió.

-Espera un momento. ¿A dónde vas?

-A casa de Pao. Me ha invitado -contestó Ylla, ya casi fuera de la habitación.

-¿Hoy?

-Hace mucho que no la veo. No vive lejos.

-¿En el valle Verde, no es así?

-Sí, es sólo un paseo -respondió Ylla alejándose de prisa.

-Lo siento, lo siento mucho. -El señor K corrió detrás de su mujer, como preocupado por un olvido.- No sé cómo he podido olvidarlo. Le dije al doctor Nlle que viniera esta tarde.

-¿Al doctor Nlle? -dijo Ylla volviéndose.

-Sí -respondió su marido, y tomándola de un brazo la arrastró hacia adentro.

-Pero Pao...

-Pao puede esperar. Tenemos que obsequiar al doctor Nlle.

-Un momento nada más.

-No, Ylla.

-¿No?

El señor K sacudió la cabeza.

-No. Además la casa de Pao está muy lejos. Hay que cruzar el valle Verde, y después el canal y descender una colina, ¿no es así? Además hará mucho, mucho calor, y el doctor Nlle estará encantado de verte. Bueno, ¿qué dices?

Ylla no contestó. Quería escaparse, correr. Quería gritar. Pero se sentó, volvió lentamente las manos, y se las miró inexpresivamente.

-Ylla -dijo el señor K en voz baja-. ¿Te quedarás aquí, no es cierto?

-Sí -dijo Ylla al cabo de un momento-. Me quedaré aquí.

-¿Toda la tarde?

-Toda la tarde.

Pasaba el tiempo y el doctor Nlle no había aparecido aún. El marido de Ylla no parecía muy sorprendido. Cuando ya caía el sol, murmuró algo, fue hacia un armario y sacó de él un arma de aspecto siniestro, un tubo largo y amarillento que terminaba en un gatillo y unos fuelles. Luego se puso una máscara, una máscara de plata, inexpresiva, la máscara con que ocultaba sus sentimientos, la máscara flexible que se ceñía de un modo tan perfecto a las delgadas mejillas, la barbilla y la frente. Examinó el arma amenazadora que tenía en las manos. Los fuelles zumbaban constantemente con un zumbido de insecto. El arma disparaba hordas de chillonas abejas doradas. Doradas, horribles abejas que clavaban su aguijón envenenado, y caían sin vida, como semillas en la arena.

-¿A dónde vas?-preguntó Ylla.

-¿Qué dices?- el señor K escuchaba el terrible zumbido del fuelle-. El doctor Nlle se ha retrasado y no tengo ganas de seguir esperándolo. Voy a cazar un rato. En seguida vuelvo. Tú no saldrás, ¿no es cierto?

La máscara de plata brillaba intensamente.

-No.

-Dile al doctor Nlle que volveré pronto, que sólo he ido a cazar.

La puerta triangular se cerró. Los pasos de Yll se apagaron en la colina. Ylla observó cómo se alejaba bajo la luz del sol y luego volvió a sus tareas. Limpió las habitaciones con el polvo magnético y arrancó los nuevos frutos de las paredes de cristal. Estaba trabajando, con energía y rapidez, cuando de pronto una especie de sopor se apoderó de ella y se encontró otra vez cantando la rara y memorable canción, con los ojos fijos en el cielo, más allá de las columnas de cristal.

Contuvo el aliento, inmóvil, esperando.

Se acercaba.

Ocurriría en cualquier momento.

Era como esos días en que se espera en silencio la llegada de una tormenta, y la presión de la atmósfera cambia imperceptiblemente, y el cielo se transforma en ráfagas, sombras y vapores. Los oídos zumban, empieza uno a temblar. El cielo se cubre de manchas y cambia de color, las nubes se oscurecen, las montañas parecen de hierro. Las flores enjauladas emiten débiles suspiros de advertencia. Uno siente un leve estremecimiento en los cabellos. En algún lugar de la casa el reloj parlante dice: "Atención, atención, atención, atención...", con una voz muy débil, como gotas que caen sobre terciopelo.

Y luego, la tormenta. Resplandores eléctricos, cascadas de agua oscura y truenos negros, cerrándose, para siempre.

Así era ahora. Amenazaba, pero el cielo estaba claro. Se esperaban rayos, pero no había una nube.

Ylla caminó por la casa silenciosa y sofocante. El rayo caería en cualquier instante; habría un trueno, un poco de humo, y luego silencio, pasos en el sendero, un golpe en los cristales, y ella correría a la puerta...

-Loca Ylla -dijo, burlándose de sí misma-. ¿Por qué te permites estos desvaríos?

Y entonces ocurrió.

Calor, como si un incendio atravesara el aire. Un zumbido penetrante, un resplandor metálico en el cielo.

Ylla dio un grito. Corrió entre las columnas y abriendo las puertas de par en par, miró hacia las montañas. Todo había pasado. Iba ya a correr colina abajo cuando se contuvo. Debía quedarse allí, sin moverse. No podía salir. Su marido se enojaría muchísimo si se iba mientras aguardaban al doctor.

Esperó en el umbral, anhelante, con la mano extendida. Trató inútilmente de alcanzar con la vista el valle Verde.

Qué tonta soy, pensó mientras se volvía hacia la puerta. No ha sido más que un pájaro, una hoja, el viento o un pez en el canal. Siéntate. Descansa.

Se sentó.

Se oyó un disparo.

Claro, intenso, el ruido de la terrible arma de insectos.

Ylla se estremeció. Un disparo. Venía de muy lejos. El zumbido de las abejas distantes. Un disparo. Luego un segundo disparo, preciso y frío, y lejano.

Se estremeció nuevamente y sin haber por qué se incorporó gritando, gritando, como si no fuera a callarse nunca. Corrió apresuradamente por la casa y abrió otra vez la puerta.

Ylla esperó en el jardín, muy pálida, cinco minutos.

Los ecos morían a los lejos.

Se apagaron.

Luego, lentamente, cabizbaja, con los labios temblorosos, vagó por las habitaciones adornadas de columnas, acariciando los objetos, y se sentó a esperar en el ya oscuro cuarto del vino. Con un borde de su chal se puso a frotar un vaso de ámbar.

Y entonces, a lo lejos, se oyó un ruido de pasos en la grava. Se incorporó y aguardó, inmóvil, en el centro de la habitación silenciosa. El vaso se le cayó de los dedos y se hizo trizas contra el piso.

Los pasos titubearon ante la puerta.

¿Hablaría? ¿Gritaría: "¡Entre, entre!"?, se preguntó.

Se adelantó. Alguien subía por la rampa. Una mano hizo girar el picaporte.

Sonrió a la puerta. La puerta se abrió. Ylla dejó de sonreír. Era su marido. La máscara de plata tenía un brillo opaco.

El señor K entró y miró a su mujer sólo un instante. Sacó luego del arma dos fuelles vacíos y los puso en un rincón. Mientras, en cuclillas, Ylla trataba inútilmente de recoger los trozos del vaso.

-¿Qué estuviste haciendo? -preguntó.

-Nada -respondió él, de espaldas, quitándose la máscara.

-Pero... el arma. Oí dos disparos.

-Estaba cazando, eso es todo. De vez en cuando me gusta cazar. ¿Vino el doctor Nlle?

-No.

-Déjame pensar -el señor K castañeteó fastidiado los dedos-. Claro, ahora recuerdo. No iba a venir hoy, sino mañana. Qué tonto soy.

Se sentaron a la mesa. Ylla miraba la comida, con las manos inmóviles.

-¿Qué te pasa? -le preguntó su marido sin mirarla, mientras sumergía en la lava unos trozos de carne.

-No sé. No tengo apetito.

-¿Por qué?

-No sé. No sé por qué.

El viento se levantó en las alturas. El sol se puso, y la habitación pareció de pronto más fría y pequeña.

-Quisiera recordar -dijo Ylla rompiendo el silencio y mirando a lo lejos, más allá de la figura de su marido, frío, erguido, de mirada amarilla.

-¿Qué quisieras recordar? -preguntó el señor K bebiendo un poco de vino.

-Aquella canción -respondió Ylla-, aquella dulce y hermosa canción. Cerró los ojos y tarareó algo, pero no la canción. -La he olvidado y no sé por qué. No quisiera olvidarla. Quisiera recordarla siempre.

Movió las manos, como si el ritmo pudiera ayudarle a recordar la canción. Luego se recostó en su silla.

-No puedo acordarme -dijo, y se echó a llorar.

-¿Por qué lloras? -le preguntó su marido.

-No sé, no sé, no puedo contenerme. Estoy triste y no sé por qué. Lloro y no sé por qué.

Lloraba con el rostro entre las manos; los hombros sacudidos por los sollozos.

-Mañana te sentirás mejor -le dijo su marido.

Ylla no lo miró. Miró únicamente el desierto vacío y las brillantísimas estrellas que aparecían ahora en el cielo negro, y a lo lejos se oyó el ruido creciente del viento y de las aguas frías que se agitaban en los largos canales. Cerró los ojos, estremeciéndose.

-Sí -dijo-, mañana me sentiré mejor.

Friday, September 11, 2009

Los Desterrados

Ray Bradbury

Los ojos de las brujas eran de fuego y de las bocas les salía un aliento de llamas. Inclinadas sobre el caldero probaban el líquido con palos grasientos y dedos huesudos.
- ¿Cuando las tres de nuevo nos veremos en la lluvia, el relámpago o el trueno?
Las brujas bailaban tambaleándose en la playa de un mar seco, viciando el aire con sus tres lenguas, y calcinándolo con el brillo malévolo de sus ojos de gato.
--Dando vueltas al borde del caldero;
arrojándole entrañas venenosas...
el trabajo y las trabas redoblemos;
¡que el fuego arda y que hierva el caldero!
Las brujas se detuvieron y miraron a su alrededor.
-¿Dónde está el cristal? ¿Dónde están las agujas?
-¡Aquí!
-¡Bien!
-¿La cera amarilla está bien espesa?
-¡Sí!
-¡Arrojadla en el molde de hierro!
-¿La figura de cera está lista?
El muñeco goteó como una melaza entre las manos verdes.
-¡­Atravesadle el corazón con la aguja!
-¡El espejo, el espejo! Sacadlo del saco del Tarot. Limpiadle el polvo, ¡mirad un momento!
Se inclinaron sobre el cristal con los rostros blancos.
-Mirad, mirad, mirad . . .
Un cohete se movía por el espacio, desde el planeta Tierra hacia el planeta Marte. Dentro de la nave agonizaban unos hombres.
El capitán, cansado, levantó la cabeza.
-Tendremos que darle morfina.
-Pero, capitán...
-Ya ven ustedes el estado de este hombre.
El capitán apartó la manta de lana, y el hombre acostado sobre la sábana húmeda se estremeció y gimió. Unas nubes sulfurosas llenaban el aire.
-Lo vi.. . lo vi. -El hombre abrió los ojos, y miró fijamente la ventanilla, por donde sólo se veía el espacio oscuro, las estrellas móviles, la Tierra que se alejaba, y Marte que crecía, grande y rojo-. Lo vi . . . un murciélago, un murciélago con cara de hombre, detrás de la ventanilla. Aleteaba, y aleteaba y aleteaba...
-¿Qué pulso tiene?--preguntó el capitán.
El enfermero contó los latidos.
-Ciento treinta.
-No puede seguir así. Denle morfina. Vamos, Smith.
El capitán y Smith se alejaron. De pronto, las planchas del piso se cubrieron de huesos y cráneos blancos que lanzaban agudos chillidos. El capitán no se atrevió a bajar los ojos, y volviéndose hacia una puerta, gritó:
-¿Perse está aquí?
Un cirujano vestido de blanco se apartó de un cuerpo.
-No lo entiendo.
-¿Cómo murió Perse?
-No lo sabemos, capitan. No fue el corazón, ni el cerebro... Se murió, simplemente.
El capitán tocó la muñeca del médico. La muñeca se convirtió en una serpiente sibilante y mordió al capitán. El capitán no pestañeó.
-Cuídese, doctor. Tiene usted un pulso bastante rápido.
El médico asintió con un movimiento de cabeza.
-Perse se quejaba de dolores... agujas, decía... en los brazos y piernas. Decía que era un muñeco de cera que estaba derritiéndose. Rodó por el suelo. Lo ayudé a levantarse. Gritaba como un chico. Decía que una aguja le atravesaba el corazón. Y murió. Eso es todo. Podemos repetir la autopsia si usted quiere. No he advertido nada anormal.
-¡Es imposible! ¡Ha muerto de algo!
El capitán se acercó a la ventanilla. Las cuidadas manos le olían a mentol, iodo y jabón antiséptico. Se había cepillado los dientes y se había frotado con fuerza las orejas y las mejillas. Su uniforme tenía el color de la sal. Sus botas eran como espejos oscuros y brillantes. El cabello crespo y cortado al rape le olía a alcohol. Hasta su aliento era suave y limpio. No tenía una sola mancha. Era un instrumento nuevo y afilado que conservaba aún la temperatura del autoclave.
Los otros tripulantes estaban cortados por la misma tijera. Uno esperaba ver en sus espaldas unas llaves enormes que giraban lentamente. Eran juguetes costosos, eficaces, bien aceitados, obedientes y veloces.
El capitán observó el planeta que crecía en el espacio.
-Dentro de una hora estaremos en ese lugar maldito. Smith, ¿ha visto usted algún murciélago? ¿Ha tenido usted pesadillas?
-Sí, señor. Un mes antes que el cohete saliera de Nueva York. Unas ratas blancas me mordían el cuello, me bebían la sangre. No dije nada. Temía que usted no me dejase venir.
-No importa -suspiró el capitán-. Yo también he tenido pesadillas. Hasta poco antes que saliéramos de la Tierra yo nunca había soñado. Ni un solo sueño en mis cincuenta años de vida. Y desde entonces todas las noches sueño que soy un lobo blanco. Me cazan en una colina de nieve y me matan con una bala de plata. Y con una estaca me atraviesan el corazón. –Señaló Marte con un movimiento de cabeza-. ¿Cree usted, Smith, que ellos saben que estamos llegando?
-No sabemos si se trata de marcianos, señor.
-¿No sabemos? Comenzaron a asustarnos hace ocho semanas, antes que dejásemos la Tierra. Mataron a Perse y a Reynolds. Ayer dejaron ciego a Grenville. ¿Cómo? No lo sé. Murciélagos, agujas, sueños, hombres que mueren sin motivo. Brujería, lo hubiesen llamado antes. Pero estamos en el año 2120, Smith. Somos hombres de mente clara. Esto no puede ocurrir. Y sin embargo ocurre. Quienesquiera que sean, con sus agujas y sus murciélagos, tratan de terminar con nosotros. -Se volvió hacia Smith-. Smith, traiga esos libros que hay en mis estantes. Quiero tenerlos conmigo en el momento de aterrizar.
Doscientos libros fueron apilados en la cubierta del cohete.
-Gracias, Smith. ¿Les ha echado una ojeada? Pensará que estoy loco. Quizá. No sé cómo se me ocurrió. Al último momento pedí estos libros al Museo de Historia. A causa de mis sueños. Durante veinte noches fui acuchillado, descuartizado. Durante veinte noches fui un murciélago clavado con alfileres en una mesa de operaciones, algo que se pudría bajo tierra en un negro ataúd. Sueños, pesadillas. Toda la tripulación soñó con brujas y vampiros y fantasmas. Seres que estos hombres no podían de ningún modo conocer. ¿Por qué? Porque todas las obras con estos horribles temas fueron destruidas hace casi un siglo. Se dictó una ley. Se prohibió conservar esos espantosos volumenes. Esos libros que ve ahí son los últimos ejemp1ares, ohjetos históricos que se guardaban en las cajas fuertes de los museos.
Smith se inclinó para leer los títulos cubiertos de polvo.
-Cuentos de Misterio e Imaginación, por Edgard Allan Poe; Drácula, por Bram Stoker; Frankestein, por Mary Shelley, Otra Vuelta de Tuerca, por Henry James; La Leyenda del Valle del Sueño, por Washington Irving; La Hija de Rapaccini, por Nathaniel Hawthorne; Un Incidente en el Puente del Arroyo del Buho, por Ambrose Bierce; Alicia en el País de las Maravillas, por Lewis Carroll; Los Sauces, por Algernon Blackwood; El Mago de Oz, por L. Frank Baum; La Extraña Somtbra sobre Insmouth, por H. P. Lovecraft. ¡Y más! Libros por Walter de la Mare, Wakefield, Harvey, Wells, Asquith, Huxley... todos autores prohibidos. Todos quemados el mismo año en que las fiestas de la víspera de Todos los Santos fueron puestas fuera de la ley, en el que prohibieron la Navidad. Pero, señor, ¿para qué nos sirven estos libros?
-No sé -suspiró el capitán-, todavía.
Las tres hechiceras levantaron el espejo donde temblaba la imagen del capitán. La vocecita tintineó dentro del vidrio.
-No sé -suspiró el capitán-, todavía.
Las brujas de ojos enrojecidos se rniraron.
-No tenemos mucho tiempo -dijo una.
-Será mejor que vayamos a la ciudad, a avisarles -dijo otra.
-Querrán saber algo de los libros. Esto no tiene buen aspecto. ¡Ese capitán imbécil!
-El cohete llegará dentro de una hora.
Las tres hechiceras se estremecieron, y entornando los ojos miraron la ciudad de esmeralda, a orillas del mar seco. En la más alta de las ventanas un hombre abría una cortina del color de la sangre. El hombre observó las tierras baldías donde las brujas alimentaban el caldero y modelaban las ceras. Más lejos, diez mil fuegos azules, inciensos de laurel, negras humaredas de tabaco y de ramas de pino y de canela y de polvo de huesos se alzaban suavemente como nubes de insectos en la noche marciana. El hombre contó los fuegos furiosos y mágicos. Luego, mientras las brujas lo estaban mirando, volvió la cabeza. Dejó caer la cortina rojiza y la distante ventana parpadeó como un ojo amarillo.
El señor Edgard Allan Poe miraba por la ventana de la torre, envuelto en una vaga aureola de alcohol.
-Las amigas de Hécate están muy ocupadas esta noche -dijo observando a las brujas, allá abajo.
Una voz murmuró a sus espaldas:
-Hoy vi a Will Shakespeare en la costa, temprano Estaba azotando a las brujas. Había extendido todo su ejército a lo largo del mar. Miles. Las tres brujas, Oberón, el padre de Hamlet, Puck... todos, todos ellos... ¡Miles! Un mar de gente.
-Ese bueno de William. -Edgard Poe volvió la cabeza. Dejó caer la cortina rojiza. Observó un momento la piedra desnuda de los muros, las llamas de los cirios, y luego miró al otro hombre, el señor Ambrose Bierce, que estaba perezosamente sentado, encendiendo fósforos y dejándolos arder. Bierce silbaba entre dientes y de cuando en cuando se reía.
-Tenemos que avisarle al señor Dickens –dijo Poe-. Ha pasado mucho tiempo. Faltan sólo unas pocas horas. ¿Quiere acompañarme, Bierce?
Bierce abrió alegremente los ojos.
-¿Estaba pensando... qué nos pasará?
-Si no podemos matar a esos hombres del cohete, o asustarlos hasta que se vayan, tendremos que salir de aquí. Iremos a Júpiter, y cuando lleguen a Júpiter, iremos a Saturno, y cuando lleguen a Saturno, iremos a Urano o Neptuno, y luego a Plutón . . .
-¿Y luego?
El señor Poe parecía fatigado. Unas brillantes brasas de carbón se apagaban lentamente en sus ojos. Había una furiosa tristeza en su voz, y las manos y el pelo largo y lacio que le caía sobre la asombrosa frente blanca revelaban una cierta impotencia. Parec1a el demonio de una oscura causa perdida, un general derrotado en una desastrosa invasión. Los labios pensativos mordisqueaban los sedosos y negros bigotes. Era tan pequeño que su frente parecía flotar, amplia y fosforescente, en las sombras del cuarto.
-Tenemos la ventaja de desplazarnos con métodos muy superiores -dijo Poe-. Siempre podemos esperar una de esas guerras atómicas, la decadencia, la vuelta a las épocas oscuras, el retorno de la superstición. Entonces podríamos volver a la Tierra, todos nosotros, sólo en una noche. -Los ojos oscuros del señor Poe se encendieron bajo la frente redonda y luminosa. Miró fijamente el cielo raso-. ¿Así que vienen a arruinar también este mundo? No quieren dejar nada sin clasificar, ¿eh?
-¿Pero acaso una manada de lobos vacila en matar a su presa y devorarle las entrañas? -dijo Bierce-. Será en verdad una guerra, realmente. Me haré a un lado y llevaré la cuenta Tantos terrestres quemados en aceite, tantos manuscritos encontrados en botellas reducidos a cenizas, tantos terrestres traspasados por agujas, tantas Muertes Rojas puestas en fuga por una batería de jeringas hipodérmicas. .. ¡ja, ja!
Poe se balanceó colérico, ligeramente borracho.
-¿Qué hemos hecho? Póngase de nuestro lado, Bierce, ¡por favor! ¿Nos ha juzgado limpiamente un grupo de críticos? ¡No! Tomaron nuestros libros con unas pinzas de cirugía, limpias y esterilizadas, y los arrojaron a unos tanques, para que hirviesen, ¡para matar sus mortíferos gérmenes! ¡Malditos sean!
-Encuentro divertida nuestra situación –dijo Bierce.
Un grito histérico que venía de la escalera de la torre interrumpió la charla.
-¡Señor Poe! ¡Señor Bierce!
-¡Sí, sí, ya vamos!
Poe y Bierce descendieron y se encontraron con un hombre que jadeaba apoyándose en uno de los muros de piedra.
-¿Han oído las noticias? -gritó el hombre, tomándose de ellos corno si estuviese a punto de caer en un abismo-. ¡Llegarán dentro de una hora! ¡Y traen libros! ¡Viejos libros! ¡Así dijeron las brujas! ¿Qué están haciendo en la torre en un momento como éste? ¿No piensan actuar?
-Hacemos lo que podemos, Blackwood –dijo Poe-. Usted es aún nuevo en estas lides. Acompáñenos, vamos a ver al señor Charles Dickens...
-...a asistir a nuestro destino, a nuestro negro destino -dijo el señor Bierce guiñando un ojo.
Los tres hombres descendieron por las resonantes gargantas del castillo, por escalones verdes y oscuros, hasta la humedad, las ruinas, las arañas y las telas como sueños.
-No se preocupe. -La frente de Poe, una gran lámpara blanca que alumbraba el camino, descendía, hundiéndose en las profundidades-. Todo a lo largo del mar muerto he estado llamando a los otros. Mis amigos y los amigos de ustedes. Todos están allí. Los animales y las viejas y los gigantes de dientes blancos y afilados. Las trampas ya están preparadas, y los pozos, sí, y los péndulos. La Muerte Roja. -Se rio suavemente-. Sí, también la Muerte Roja. Nunca pensé... no, nunca pensé que un día la Muerte Roja iba a existir de veras. Pero ellos la han pedido, ¡y la tendrán!
-¿Pero somos bastante fuertes? -preguntó Blackwood.
-¿Fuertes cómo? No nos esperan, por lo menos. Carecen de imaginación. Esos jóvenes del cohete, tan limpios, con sus escobas antisépticas y sus cascos como peceras... Sacerdotes de un nuevo culto. Alrededor de sus cuellos, colgados de cadenas de oro, escalpelos. Sobre la frente, una diadema de microscopios. En sus dedos santos, unas urnas de incienso humeante que son en realidad unos hornos germicidas para destruir la superstición. Los nombres de Poe, Bierce, Hawthorne, Blackwood... blasfemias en sus labios puros.
Ya fuera del castillo avanzaron por unos terrenos húmedos, un pantano que no era un pantano. Las nieblas se levantaban como una pesadilla. En el aire había ruidos de alas y silbidos agudos. Las tinieblas y el viento corrían de un lado a otro. Se oían unas voces cambiantes, y unas figuras se inclinaban sobre las llamas. El señor Poe observó las agujas quee tejían y tejían a la luz del fuego, que tejían el dolor y la miseria, que tejían el mal sobre muñecos de arcilla, sobre títeres de cera. De los calderos surgía, silbando, un olor a ajo, azafrán y pimienta, que llenaba la noche con su acritud demoníaca.
-¡Continuad! -dijo Poe-. ¡Volveré pronto!
Todo a lo largo de la costa del mar seco unas figuras negras giraban y se empequeñecían, crecían y se transformaban en un humo negro que ocultaba el cielo. Unas campanas repicaban en las torres altas como montanas y unos cuervos de alquitrán huían ante el sonido del bronce y se dispersaban en cenizas.
Poe y Bierce cruzaron de prisa un páramo solitario y un vallecito, y se encontraron de pronto en una callejuela empedrada, por donde corría un viento frío y penetrante. La gente se paseaba de arriba abajo, tratando de calentarse los pies. La niebla cubría la calle, y las velas ardían en los escaparates y ventanas donde colgaban los pavos de Navidad. A cierta distancia, algunos niños, envueltos en ropas de lana, exhalando sus pálidos alientos en el aire invernal, entonaban un villancico, mientras que las campanas de un inmenso reloj daban continuamente las doce de la noche. Otros chicos salían corriendo de la panadería llevando en los brazos harapientos unas cenas que humeaban en bandejas y fuentes de plata.
En un anuncio se leía SCROOGE, MARLEY y DICKENS. Poe hizo sonar el llamador, que era el retrato de Marley, y al abrirse la puerta brotó del interior una bocanada de música que casi los hizo bailar. Y allí, por encima del hombro de alguien que les apuntaba con una barbita y unos bigotes, vieron al señor Fezziwig, que batía palmas, y a la senora de Fezziwig, una vasta e inalterable sonrisa, que bailaba y chocaba con otros alegres compafieros, mientras los violines chillaban y las risas corrían airededor de la mesa como los cristales de una araña de luces agitada por el viento. Sobre la mesa se amontonaban las carnes, y los pavos, y las ramas de acebo, y los gansos, y los pasteles, y los tiernos lechones coronados de salsas, y las naranjas y las manzanas. Y allí estaban Bob Cratchit y la pequeña Dorrit y Tiny Tim y el mismo sefior Fagin, y un hombre que parecía un trozo de carne a medio asar, un grano de mostaza, una pizca de queso, un fragmento de papa mal cocida. ¿Quién podía ser sino el mismísimo señor Marley, con cadenas y todo? Y corría el vino, y de los pavos asados brotaba un humo que esparcía por el cuarto lo mejor de las aves.
-¿Qué quieren? -preguntó el señor Charles Dickens.
-Venimos a pedírselo otra vez, Charles –dijo Poe-. Necesitamos su ayuda.
-¿Mi ayuda? ¿Pero creen que voy a enfrentar a esos hombres excelentes? Además, éste no es mi mundo. Quemaron mis libros sólo por error. No soy un aficionado a lo sobrenatural. No he escrito libros terroríficos como usted, Poe; usted, Bierce, y los otros. No soy como ustedes, ¡horribles criaturas!
-Es usted un razonador convincente –comentó Poe-. Podría usted recibir a los hombres del cohete, adormecerlos, adormecer sus sospechas, y luego. . . Luego intervendríamos nosotros.
El señor Dickens miraba los pliegues de la capa en donde Poe ocultaba las manos. Poe, sonriendo, sacó un gato negro.
-Para uno de los visitantes.
-¿Y para los otros?
Poe sonrió otra vez, complacido.
-¿EI enterramiento prematuro?
-Es usted un hombre siniestro, sefior Poe.
-Soy un hombre asustado y lleno de odio. Soy un dios, señor Dickens, como usted, como todos nosotros. Y no sólo amenazaron nuestras creaciones... nuestros personajes, si así lo prefiere. Las suprimieron, quemaron, destrozaron y censuraron Acabaron con ellas. ¡Nuestros mundos se derrumban! ¡La lucha alcanza a los dioses!
-¿Y? -El sefior Dickens miró a un lado y a otro, deseando volver a la fiesta, la música y la comida-. ¿Por eso estamos aquí ?
-La guerra engendra guerra. La destrucción engendra destrucción. Hace un siglo, en la Tierra, en el año 2020, proscribieron nuestros libros. Oh, algo horrible. Destruir así nuestras obras... Tuvimos que salir de.. . ¿qué? ¿La muerte? ¿El más allá? No me gustan las palabras abstractas. No sé. Sólo sé que oímos el llamado de nuestros mundos, nuestras invenciones, y que tratamos de salvarlos. Hemos pasado un siglo entero en Marte, esperando que la Tierra se ahogara a sí misma con el peso de sus sabios, y las dudas de sus sabios. Y ahora vienen a arrojarnos de aquí, a nosotros y a nuestras tenebrosas creaciones, y a todos los alquimistas, brujas, vampiros y espectros que, uno a uno, se retiraron al espacio. La ciencia infestó la Tierra, sin dejarnos finalmente más salida que el éxodo. Ayúdenos, señor Dickens. Habla usted con mucha elegancia. Lo necesitamos.
-Ya se lo he dicho. No soy uno de ustedes. No estoy de acuerdo ni con usted ni con los otros -dijo
Dickens, enojado-. Yo no he jugado con brujas, vampiros y cosas nocturnas.
-¿Y Cuento de Navidad?
-¡Ridículo! Sólo un libro. Oh, escribí otros que también tratan de fantasmas, pero ¿y eso qué? Mis obras esenciales no tienen ninguna relación con esas tonterías.
-De un modo o de otro lo identificaron como uno de los nuestros. Destruyeron sus libros... sus mundos. ¡Tiene que odiarlos! ¡Tiene que odiarlos, señor Dickens!
-Reconozco que son unos estúpidos mal educados, pero nada más. ¡Buenos días!
-¡Deje venir al señor Marley, por lo menos!
-¡No!
Dickens dio un portazo. Mientras Poe se alejaba, en el fondo de la calle, resbalando en el suelo escarchado, apareció una carroza. El cochero tocaba en un cuerno una alegre melodía. Y de la carroza, con las mejillas encendidas como cerezas, riéndose y cantando, salieron los Pickwickianos y golpearon la puerta, y cuando el rollizo muchacho salió a recibirlos, entraron gritando ¡Feliz navidad! con voces fuertes y alegres.
El señor Poe corrió a lo largo de la costa envuelta en las sombras de la medianoche. De cuando en cuando se detenía, ante los fuegos y las humaredas, y lanzaba órdenes, o examinaba los hirvientes calderos, los brebajes y los pentagramas trazados con tiza.
-¡Muy bien! -decía y volvía a correr-. ¡Magnífico! -gritaba, y seguía corriendo. La gente se acercaba y corría con el .EI señor Coppard y el señor Machen lo acompañaban ahora. Y allí, gimiendo, babeando, escupiendo, quedaron las sibilantes serpientes, los airados demonios, los feroces dragones amarillos, las víboras, las brujas temblorosas, y las púas y las ortigas y las espinas, y todo lo que el retirado mar de la imaginación había dejado en esa costa melancólica.
El señor Machen se detuvo. Se dejó caer, como un niño, sobre la arena fría. Sollozó. Los otros trataron de calmarlo. Machen no los escuchaba.
-Se me acaba de ocurrir -les dijo-. ¿Qué será de nosotros el día que destruyan los últimos ejemplares?
El aire se arremolinó.
-¡No hable de eso!
-Tenemos que hablar -gimió el señor Machen-. Ahora. ahora mismo, mientras se acerca el cohete, señor Poe; usted, Coppard; usted, Bierce. .. todos parecen más débiles. Como una humareda. Se deshacen. I.as caras se les disuelven...
-¡La muerte! ¡La muerte real!
-Sólo existimos en el sufrimiento de la Tierra. Si un edicto final destruye esta noche los últimos ejemplares de nuestras obras, seremos sólo unas luces que se apagan.
Coppard reflexionó:
-Me pregunto quién soy. ¿En qué mente terrestre existo esta noche? ¿En alguna choza africana? ¿Algún ermitaño estará leyendo mis obras? ¿Será él la única luz que el huracán del tiempo y la ciencia ha dejado encendida? ¿La llama vacilante que alimenta este exilio rebelde? ¿Ser él? ¿O algún niño que me encuentra, justo a tiempo, en una olvidada bohardilla? Oh, anoche me sentí enfermo, enfermo hasta la médula, pues existe también un cuerpo del alma, lo mismo que un cuerpo del cuerpo, y este cuerpo del alma me dolía, todo este cuerpo luminoso. Anoche me sentí como una vela goteante... ¡Y de pronto me incorporé difundiendo una luz nueva! Como si algún niño hubiese encontrado en un granero terrestre, enmohecido y polvoriento, uno de mis agusanados ejemplares, manchado por los años. ¡Y tuve así un nuevo respiro!
En una cabaña, junto a la costa, se golpeó una puerta. Un hombre de baja estatura, de carnes flacas y colgantes, salió de la choza, y sin fijarse en los otros, se sentó en la playa de arena y se miró los puños crispados.
-Ese me apena de veras -murmuró Blackwood-. Mírenlo. Se muere. Fue una vez más real que nosotros, y nosotros éramos hombres. Nació como una idea esquelética, y luego, durante siglos, lo fueron vistiendo con carnes rosadas y barbas de nieve y trajes de terciopelo rojo y botas negras. Le añadieron pinos, lentejuelas, hojas de acebo. Y al fin lo ahogaron en una cuba de desinfectante.
Los hombres guardaron silencio.
-¿Cómo será la Tierra sin navidad? -se preguntó Poe-. Sin castañas, sin árbol, sin adornos, tambores
ni velas. Nada. Nada, sino la nieve y el viento y los hombres solitarios y prácticos...
Todos miraron al viejito, de barba rala y traje descolorido.
-¿No conocen la historia?
-Me la imagino. El psiquiatra de ojos brillantes, el inteligente sociólogo, el pedagogo resentido de boca espumosa, los padres antisépticos...
-Una situación lamentable para los comerclantes -dijo Bierce con una sonrisa-. Recuerdo que exhibían adornos y entonaban villancicos desde fines de octubre. Este año habr-an empezado en setiembre...
Bierce dejó de hablar. Lanzó un suspiro y cayó de bruces. Tendido en la arena tuvo tiempo de decir: -¡Qué interesante! -, y luego, rnientras los demás lo miraban con horror, ardió y fue un polvo azul, y unos huesos calcinados, y unas cenizas que flotaron en el aire como copos oscuros.
-¡Bierce, Bierce!
-Se ha ido.
-Su último libro. Alguien acaba de quemarlo allá en la Tierra.
-Que descanse en paz. Nada de él queda ahora. Desaparecemos con ellos.
Un sonido veloz en el aire.
Todos gritaron, asustados, y alzaron los ojos. En el cielo, envuelto en unas luminosas y chirriantes nubes de fuego, estaba el cohete. Alrededor de las figuras de la costa se agitaron las linternas. Rechinaron los dientes, burbujearon los líquidos, y se sintió un olor de filtros destilados. Las calabazas de ojos de velas encendidas se elevaron en el aire claro y frío. Los dedos huesudos se cerraron en puños, y una bruja de boca desdentada gritó:
-¡Nave, nave, cae, destrózate! ¡Nave, nave, incéndiate! ¡Rómpete, quiébrate, fúndete! ¡Conviértete en polvo de momia, en pellejo de gato!
-Hora de irse -murmuró Blackwood-. A Júpiter, a Saturno o a Plutón.
-¿Escapar? -gritó Poe en medio del viento-. ¡Nunca!
-Soy viejo y estoy cansado.
Poe miró la cara de Blackwood y comprendió. Subió rápidamente a la cima de una duna y enfrentó las diez mil sombras grises y las luces vertes y los ojos amarillos que flotaban en el viento ululante.
-¡Los polvos! -gritó.
Un olor caliente y espeso a almendras amargas, cebollas, comino, santónico y raíces de lirio.
El cohete descendía, implacablemente, aullando como un alma condenada. Poe lo miró enfurecido. Alzó los puños, y la orquesta de calor, olor y odio le respondió con un acorde. Como cortezas arrancadas de un árbol se levantaron los murciélagos. Unos corazones en llamas se elevaron como proyectiles y estallaron en el aire chamuscado como sangrientos fuegos de artificio. El cohete descendía, descendía, incesantemente, como un péndulo. Y Poe, furioso, gritaba, retrocedía mientras el cohete avanzaba y avanzaba cortando y devorando el aire. Y el mar muerto parecía una cisterna donde las víctimas esperaban el descenso de la máquina horrible, del hacha centelleante, de la roca que caía hacia ellos.
-¡Las serpientes! -gritó Poe.
Y unas luminosas serpientes de un verde ondulante atacaron el cohete. Pero el cohete -una llama, un movimiento- descendió en las arenas, a un kilómetro de distancia, lanzando alrededor los últimos restos de su plumaje rojo.
-¡A él! -gritó Poe-. ¡Cambiaremos los planes! ¡Una oportunidad aún! ¡La última! ¡A él! ¡Corran! ¡Ahoguémoslo con nuestros cuerpos! ¡Que mueran todos!
Y como si le hubiese ordenado a un mar furioso que cambiara su curso, que abandonara su lecho primitivo, los torbellinos y las salvajes trombas del fuego se dispersaron y corrieron, como vientos y lluvias y relámpagos, sobre las arenas del mar, por las hondonadas vacías, con sombras y gritos, silbidos y lamentos, chispas y corrientes, hacia el cohete que yacía extinguido, como una antorcha metálica y limpia, en el más lejano de los valles. Y como si un inmenso caldero calcinado de lava espumosa se hubiese volcado de pronto, una hirviente marea de animales y hombres cubrió los abismos desiertos.
-¡Mátenlos! -gritó Poe.
Los hombres del cohete salieron de la nave, con las armas preparadas. Dieron unos pasos, oliendo el aire como perros de presa. No vieron nada. Se tranquilizaron. Por último salió el capitán. Dio brevemente unas órdenes. Se juntaron unas maderas, se encendieron, y el fuego creció en un instante. El capitán reunió a su alrededor a los hombres, en un semicírculo.
-Un mundo nuevo -dijo, tratando de hablar con serenidad aunque de cuando en cuando miraba nerviosamente y por encima del hombro hacia el mar vacío-. El viejo mundo ha quedado atrás. Empezamos otra vez. Nada será más simbólico que dedicarnos, con mayor firmeza aún, a la ciencia y al progreso. –Hizo una seña a su ayudante-. Los libros.
La luz de la hoguera iluminó los borrosos títulos dorados: Los Sauces, El Extrano, La Mirada, El Soñador, El Doctor Jekyll y el Señor Hyde, El País de Oz, Pellucidar, El País Olvidado por el Tiempo, El Sueño de una Noche de Verano, y los monstruosos nombres de Machen y Edgard Allan Poe y Campbell y Dunsany y Blackwood y Lewis Carroll; los nombres, los viejos nombres, los nombres malditos.
-Un mundo nuevo. Con este acto tan simple quemamos los últimos restos del pasado.
El capitán arrancó las páginas de los libros. Las hojas marchitas alimentaron la hoguera.
Un grito.
Los hombres dieron un salto, y se quedaron mirando, por encima de las llamas, las orillas del océano desierto.
¡Otro grito! Penetrante y triste, como la agonía de un dragón, o el espasmo de un cet ceo jadeante cuando las aguas del mar se secan y evaporan en los abismos.
El silbido del aire que corría a ocupar el sitio vacío donde antes había habido algo.
El capitán dispuso del último libro arrojandolo al fuego.
El aire dejó de vibrar.
Silencio.
Los hombres del cohete se inclinaron hacia delante para escuchar mejor.
-Capitán, ¿ha oído?
-No.
-Como una ola, señor. ¡En el fondo del mar! Me pareció ver algo. Allí. Una ola negra. Enorme. Venía hacia nosotros.
-Habrá visto mal.
-¡Allá, señor!
-¿Qué?
-¿No ve? ¡La ciudad! La ciudad verde junto al lago. Se parte en dos. ¡Se derrumba!
Los hombres se adelantaron entornando los ojos.
Smith temblaba. Se llevó una mano a la cabeza como buscando algo.
-Sí, recuerdo -dijo-. Sí. Hace muchos años, cuando yo era chico. Un libro que leí. Un cuento Oz, creo que se llamaba. Sí, Oz. La cíudad esmeralda de Oz.
-Oz. Nunca oí ese nombre.
-Sí, Oz. Eso era. La acabo de ver. Como en el cuento. Se derrumba.
-¡Smith!
-¿Señor?
-Preséntese mañana al psicoanalista.
-Si, señor.
Smith saludó.
-Y tenga cuidado.
Los hombres avanzaron de puntillas, con las armas vigilantes, alejándose de las luces asépticas del cohete para examinar el mar extenso y las colinas bajas.
-Pero, ¡cómo! -murmuró Smith, desilusionado-. No hay nadie aquí. Absolutamente nadie.
El viento gimió cubriéndole de arena los zapatos.