Escena: Una lluviosa mañana de abril, 1979. Voy caminando por
Mary Sánchez es una profesional de la limpieza que trabaja por hora, a cinco dólares la hora, seis días por semana. Trabaja unas nueve horas al día, y por lo general visita unos veinticuatro domicilios diferentes entre lunes y sábados. Sus clientes generalmente no requieren sus servicios más que una vez a la semana.
Mary tiene cincuenta y siete años, y es nativa de un pueblito de Carolina del Sur, hace cuarenta años vive en el “Norte”. Su marido, un portorriqueño, murió el verano pasado. Tiene una hija casada que vive en San Diego, y tres hijos varones, uno de los cuales es dentista, el otro está cumpliendo una condena de diez años por robo a mano armada, y el tercero “se ha ido, simplemente. Dios sabe adónde. Me llamó
Mary Sánchez es musculosa, pero tiene una cara agradable, redonda, pálida y afable, con una nariz respingada y un lunar en lo alto de la mejilla izquierda. No le gusta el término “negro” cuando se aplica racialmente. “Yo no soy negra. Soy morena. Una mujer de color, morena clara. Y le diré otra cosa. No conozco a muchas otras personas de color a quienes les gusta que les digan negros. A lo mejor algunos jóvenes. Y los extremistas. Pero no las personas de mi edad, ni la mitad de jóvenes. Ni siquiera les gusta a los que son realmente negros. Yo soy de color, y católica, y me enorgullezco al decirlo.”
Conozco a Mary Sánchez desde 1968, fecha en que empezó a trabajar para mí, y ha seguido haciéndolo periódicamente. Es concienzuda y se interesa más de lo acostumbrado en sus clientes, a algunos de los cuales apenas conoce, o no ha visto en absoluto, ya que muchos son hombres y mujeres solteros que trabajan y no están en casa cuando ella llega a limpiarles el departamento. Se comunican recíprocamente por notas: Mary, por favor riegue los geranios y dé de comer al gato. Espero que usted esté bien. Gloria Scotto.
Una vez le dije que me gustaría seguirla durante un día de trabajo, y ella dijo que bueno, que no veía nada malo en ello y que, en realidad, disfrutaría de mi compañía. “Una se siente sola en este trabajo a veces.”
Es por eso que camino a su lado esta lluviosa mañana de abril. Vamos a su primer trabajo: a lo de un tal Andrew Trask, que vive en la calle setenta y tres este.
TC: ¿Qué diablos lleva en esta bolsa?
MARY: Démela. No puedo soportar las maldiciones.
TC: No. Perdón. Pero es pesada.
MARY: Debe ser la plancha.
TC: ¿Plancha la ropa? Nunca lo hace para mí.
MARY: Algunas de estas personas no tienen nada. Por eso tengo que llevar tantas cosas. Les dejo notas: compren esto o aquello. Pero se olvidan. Parece que cada uno está envuelto en sus propias preocupaciones. Como este Mr. Trask, adonde vamos ahora. Hace siete, ocho meses que trabajo para él, pero no lo he visto todavía. Pero bebe demasiado, y su mujer lo dejó por eso, y debe a todo el mundo; cuando contesto el teléfono, es alguien que trata de cobrar. Pero ahora le han desconectado el teléfono.
(Llegamos a la dirección y ella saca de una cartera que lleva colgada del hombro un enorme llavero de metal con docenas de llaves. El edificio es de cuatro pisos, con un ascensor diminuto).
TC (después de entrar y echar un vistazo a la casa de Trask, que consta de una habitación grande, de paredes color verde arsénico, con kitchenet y un baño con inodoro roto, pues el agua no cesa de correr): Hmm. Ya veo lo que quiere decir. Este hombre tiene problemas.
MARY (abriendo un ropero húmedo y atestado de ropa con olor a sudor): ¡No hay una sábana limpia en toda la casa! ¡Y fíjese en esa cama! ¡Mayonesa! ¡Chocolate! Migas, migas, goma de mascar, puchos. ¡Lápiz labial! ¿Qué clase de mujer se rebajaría a meterse en una cama como esta? Hace semanas, meses, que no puedo cambiar las sábanas.
(Enciende varias lámparas con pantallas torcidas, y mientras trata de organizar el desorden circundante, observo detenidamente el lugar. En realidad, parece que hubiera entrado un ladrón, dejando abiertos algunos cajones del escritorio, otros cerrados. Sobre el escritorio hay una foto: es de un hombre muy macho, moreno y corpulento, una rubia arrogante de una asociación universitaria y tres muchachos rubios, tostados por el sol, sonrientes, de dientes protuberantes. El mayor tendrá unos catorce años. Hay otra foto, ésta sin marco, metida en el espejo manchado: otra rubia, aunque decididamente no universitaria: tal vez levantada en Maxwell´s Plum. Debe ser de ella el lápiz labial de las sábanas. Sobre el piso se ve el número de diciembre de True Detective, y en el baño, apiladas junto al inodoro que no para nunca, revistas de mujeres desnudas: Penthouse, Hustler, Oui. Aparte de esto, parece haber una ausencia total de posesiones culturales. Hay cientos de botellas vacías de vodka por todas partes, del tipo miniatura que sirven en los aviones.)
TC: ¿Por qué beberá nada más que estas miniaturas?
MARY: A lo mejor no puede comprar tamaño más grande. Compra lo que puede, nada más. Tiene un buen empleo, aunque no sé si podrá conservarlo. Supongo que su familia le saca todo el dinero.
TC: ¿Qué hace?
MARY: Trabaja en los aviones.
TC: Eso lo explica. Consigue estas botellitas gratis.
MARY: ¿Sí? ¿Cómo? No es camarero, sino piloto.
TC: Oh, Dios mío.
(Suena el teléfono, con tono apagado, pues el aparato está sumergido debajo de una frazada arrugada. Frunciendo el entrecejo, con las manos mojadas de detergente pues está lavando los platos, Mary lo desentierra con la delicadeza de un arqueólogo.)
MARY: Se lo debe haber vuelto a conectar. ¿Hola? (Silencio.) ¿Hola?
VOZ DE MUJER: ¿Quién habla?
MARY: Habla con la residencia de Mr. Trask.
VOZ DE MUJER: ¿La residencia de Mr. Trask? (Risas. Luego tono arrogante). ¿Con quién hablo?
MARY: Con la mucama de Mr. Trask.
VOZ DE MUJER: De modo que Mr. Trask tiene mucama, ¿eh? Bueno, algo que Mrs. Trask no tiene. ¿Quiere la mucama de Mr. Trask hacer el favor de decirle a Mr. Trask que
MARY: No está en casa.
MRS. TRASK: No me mienta. Llámelo al teléfono.
MARY: Lo siento, Mrs. Trask, supongo que está volando.
MRS. TRASK (con amarga alegría): ¿Volando? Siempre está volando, querida. Siempre.
MARY: Quiero decir que está trabajando.
MRS. TRASK: Dígale que me llame no bien llegue, si es que sabe lo que le conviene.
MARY: Sí, señora, le dejaré el mensaje. (Corta.) Qué mujer despreciable. No me extraña que él esté como está. Y ahora se ha quedado sin trabajo. ¿Me habrá dejado el dinero? Ah, sí. Ahí está. Encima de la heladera.
(Sorprendentemente, después de una hora, más o menos, ha logrado camuflar el caos y hecho que la habitación, si bien no está en perfecto estado, parezca respetable. Con un lápiz, escribe una nota y la calza en el marco del espejo: Estimado Mr. Trask, su esposa quiere que la llame a casa de su hermana, atentamente Mary Sánchez. Luego suspira, se sienta en el borde de la cama y de su boca saca una pequeña caja de lata llena de puchos de marihuana. Elige uno, lo pone en una boquilla, lo enciende y aspira profundamente, conteniendo el humo en los pulmones mientras cierra los ojos. Me ofrece una pitada.)
TC: No, gracias. Es demasiado temprano.
MARY: Nunca es demasiado temprano. De todos modos, debería probar esto. Muchos cojones. Lo consigo de una cliente, una señora católica muy distinguida. Está casada con un hombre de Perú. La familia de él se lo envía. Directamente por correo. Nunca fumo para drogarme, un poquito, nada más, para borrar lo malo. La pesadez. (Aspira el humo de su cigarrillo hasta que casi le quema los labios). Andrew Trask. Pobre diablo asustado. Podría terminar como Pedro. Muerto sobre el banco de un parque, sin que a nadie le importe. No es que a mí no me importara mi marido. Últimamente no hago más que recordar los buenos momentos pasados con Pedro, y supongo que eso es lo que pasa con la gente que una vez amó a alguien y luego lo perdió. Lo malo se olvida, y una se detiene en las cosas lindas, en lo que hizo que una los quisiera al principio. Pedro, el hombre joven del que me enamoré, era un bailarín maravilloso, sabía bailar el tango, la rumba, me enseñó a bailar y nos cansamos de bailar. Siempre íbamos a los bailes del viejo Savoy. Era limpio, pulcro, hasta cuando se entregó a la botella tenía las uñas limpias, bien cortadas y pulidas. Y sabía cocinar de todo. Así se ganaba la vida, como cocinero. Le dije que nunca hizo nada por los chicos, pero les preparaba el almuerzo que llevaban a la escuela. Sandwiches de todas clases envueltos en papel encerado. De jamón, de manteca de maní y dulce, de huevo, atún, y les ponía frutas, manzanas, bananas o peras y un termo lleno de leche tibia con miel. Me duele cuando pienso en él solo en el parque, y que no lloré cuando vino la policía a avisarme. Debí haber llorado. Por él, se lo debía. Le debía un puñetazo en la mandíbula, también.
Voy a dejar las luces encendidas para Mr. Trask. No es bueno que entre en una pieza oscura.
(Cuando salimos ya la lluvia había cesado, pero el cielo seguía amenazante y el viento que se había levantado arrojaba la basura por las cunetas y hacía que los transeúntes aferraran sus sombreros. Nuestro destino quedaba a cuatro cuadras. Era un edificio de departamentos, modesto pero moderno, con portero uniformado. Íbamos a la casa de Miss Edith Shaw, una joven de veintitantos años que formaba parte del personal de la editorial de una revista. “Una revista de noticias. Debe tener mil libros. Aunque no parece un ratón de biblioteca. Es una chica muy saludable, y tiene muchos amigos. Demasiados. Ningún muchacho parece durarle. Nos hicimos amigas porque... Bueno, un día fui a su departamento y estaba muy enferma. Había asesinado a su bebé, con un médico. Normalmente yo no apruebo eso: es contrario a mis creencias. Le dije: ¿Y por qué no se casó con el hombre? La verdad es que no sabía quién era el padre, así que no sabía con quién casarse. Y además, lo que menos quería era un esposo o un hijo.”)
MARY (examinando la escena desde la puerta del departamento de dos dormitorios de Miss Shaw, que acababa de abrir): No hay mucho que hacer aquí. Sacar un poco el polvo. Ella lo cuida bien. Fíjese en todos esos libros. Hasta el techo. Nada más que biblioteca.
Excepto por los estantes cargados de libros, el departamento era atractivo, nada recargado, con muebles escandinavos blancos y lustrosos. Había un mueble antiguo: un escritorio de tapa corrediza con una máquina de escribir. Una hoja de papel en la máquina. Me fijé en lo que estaba escrito:
“Zsa Zsa Gabor tiene
305 años
lo sé
porque le conté
los anillos.”
Y a triple espacio, decía:
“Sylvia Plath, te odio
y odio a tu maldito papito.
Y me alegro me oyes,
me alegro de que hayas metido
la cabeza en el horno.”
TC: ¿Es poeta la señorita Shaw?
MARY: Siempre está escribiendo algo. No sé qué es. Lo que veo me hace pensar que escribe drogada. Venga, quiero mostrarle algo.
(Me lleva al baño, que me sorprende por lo grande y resplandeciente. Abre la puerta de un armario e indica un objeto en un estante: es un vibrador rosado, de plástico, con la forma de un pene de tamaño natural.)
¿Sabe qué es?
TC: ¿Usted no?
MARY: Yo le pregunté primero.
TC: Es un consolador.
MARY: Ya sé. Pero nunca vi uno igual a éste. Dice Made in
TC: Ah, bueno. La mente oriental.
MARY: Paganos. Tiene unos perfumes maravillosos. Si a una le gusta el perfume. Yo no me pongo más que un poco de esencia de vainilla detrás de las orejas.
(Mary empezó a trabajar, barriendo los pisos encerados, sin alfombras, y pasando un plumero por los estantes. Mientras trabajaba mantenía abierta la caja de cigarrillos de marihuana, y no dejaba de fumar. No sé cuánta “pesadez” debía levantar, pero el aroma solamente me elevaba.)
MARY: ¿Está seguro de que no quiere un par de pitadas? Se está perdiendo algo bueno.
TC: Usted me obliga.
(De muchacho y de hombre he probado marihuana fuerte, si bien nunca para enviciarme, lo suficiente para reconocer la diferencia entre la hierba mexicana común y el contrabando de lujo, como Thai y la soberbia Maui-Wowee. Mientras fumaba un cigarrillo entero y la mitad de otro de los de Mary, me sentía como poseído por un demonio delicioso, presa de una loca y maravillosa alegría: el demonio me hacía cosquillas en los dedos de los pies, me rascaba la cabeza, que me picaba, me besaba apasionadamente con sus rojos labios azucarados, me metía la fogosa lengua en la garganta. Todo relucía. Mis ojos eran lentes de una cámara fotográfica: alcanzaba a leer los títulos de los libros en los estantes superiores: La personalidad neurótica de nuestro tiempo por Karen Horney, Eimi, por e. e. cummings; Los cuatro cuartetos, Poesía completa, de Robert Frost.)
TC: Desprecio a Robert Frost. Era un hijo de puta malvado y egoísta.
MARY: Si vamos a empezar a maldecir...
TC: Con su halo de pelo desgreñado. Un sádico egomaníaco y traidor. Arruinó a toda su familia. A algunos de ellos. Mary, ¿has discutido esto alguna vez con tu confesor?
MARY: ¿Con el padre McHale? ¿Discutido qué?
TC: Este precioso néctar que estamos divinamente devorando, mi adorable amiga. ¿Has informado al padre McHale de esta deliciosa aventura?
MARY: Lo que no sabe no le hará daño. Sírvase, una pastilla de menta. Hace que la marihuana sepa mejor.
(Aunque me parecía extraño, no estaba drogada. Yo había pasado junto a Venus y a Júpiter, al alegre Júpiter, convocado más allá en la distancia planetaria, deslumbrado por las liláceas estrellas. Mary se dirigió al teléfono y discó un número. Dejó que llamara un rato largo antes de colgar.)
MARY: No están en casa. Eso es algo que debo agradecer. Mr. y Mrs. Berkowitz. Si hubieran estado en casa, no habría podido llevarlo a usted. Porque son unos judíos pomposos. ¡Ya sabe qué pomposos pueden llegar a ser ellos!
TC: ¿Los judíos? Dios, sí. Muy pomposos. Todos deberían estar en el Museo de Historia Natural. Todos.
MARY: Estoy pensando en avisar a Mrs. Berkowitz, que voy a dejar de trabajar para ella. Lo que pasa es que Mr. Berkowitz, que vendía ropa, se ha retirado, y ahora los dos están siempre en casa. Estorbando. A menos que vayan a Greenwich, donde tienen una propiedad. Allí deben estar hoy. Otra razón por la que tengo ganas de dejarlos. Tienen un loro viejo, que ensucia por todas partes. ¡Y es muy estúpido! No sabe más que dos cosas: “¡Pardiez!” y “¡Oy vey!” Cada vez que alguien entra en la casa empieza a gritar “¡Oy vey!” Me pone nerviosísima. ¿Qué le parece? Nos fumamos otro pucho y nos vamos de aquí.
(Había vuelto a llover y el viento había aumentado, lo que hacía que el aire pareciera un espejo destrozado. Los Berkowitz vivían en Park Avenue y la calle ochenta y tantos, de modo que sugerí que tomáramos un taxi, pero Mary dijo no, qué clase de hombre era yo, podíamos ir caminando, de modo que, a pesar de la apariencia, ella también estaba viajando por caminos estelares. Caminábamos lentamente como si fuera un día tibio y tranquilo, el cielo estuviera color turquesa, y las calles resbaladizas fueran una playa del Caribe. Park Avenue no es mi boulevard favorito. Es fecundo en falta de encanto. No serviría de nada que Mrs. Lasker plantara tulipanes a ambos lados, desde la estación Grand Central hasta el Harlem español. Sin embargo, hay algunos edificios que traen recuerdos. Pasamos uno en el que pasó sus últimos años Willa Catre, la escritora norteamericana que yo más admiraba, con su compañera, Edith Lewis. Muchas veces estuve sentado frente a su chimenea, bebiendo jerez y observando cómo la luz del fuego de leños encendía el pálido azul pradera de los serenos ojos de genio de Miss Catre. En la calle ochenta y cuatro reconocí una casa de departamentos donde, en una oportunidad, había asistido a una comida de pocos invitados, todos de etiqueta, ofrecida por el senador John F. Kennedy y su señora, entonces tan jóvenes y despreocupados. Pero a pesar de los agradables esfuerzos de los dueños de casa, la noche no había sido tan reveladora como yo esperaba, porque después de retirarse las damas, los hombres quedamos solos en el comedor a saborear nuestros licores y habanos, y uno de los invitados, un modisto de barba un tanto torcida, llamado Oleg Cassini, abrumó con el informe de un viaje a Las Vegas y el millar de coristas a las que había examinado allí: sus medidas, logros eróticos, requerimientos financieros. El recital hipnotizó a los oyentes; el que más atendía y reía bajito era el futuro presidente.
Cuando llegamos a la calle ochenta y siete, señalé una ventana del cuarto piso de Park Avenue mil sesenta, e informé a Mary: “Mi madre vivía allí. Ése era su dormitorio. Era hermosa y muy inteligente, pero no quería vivir. Tenía muchas razones, o por lo menos, eso creía ella, pero al final se resumieron en su marido, mi padrastro. Era un hombre que se había hecho a sí mismo, con bastante éxito. Ella lo idolatraba. Él era un buen tipo, pero jugaba, se metió en dificultades y malversó un montón de dinero. Perdió su negocio e iba derecho a Sing Sing.”
Mary sacude la cabeza: “Igual que mi hijo. Igual que él.”
Los dos estamos parados, mirando la ventana, empapados por la lluvia. “De modo que una noche mi madre se vistió de gala y dio una comida. Todos decían que estaba encantadora. Pero después de la fiesta, antes de acostarse, se tomó treinta seconals y nunca despertó.”
Mary está enojada. Vuelve a caminar bajo la lluvia. “No tenía derecho a hacer eso. Yo no apruebo eso. Está en contra de mis creencias.”)
LORO CHILLÓN: ¡Pardiez!
MARY: ¿Lo oye? ¿Qué le dije?
LORO: ¡Oy vey! ¡Oy vey!
(El loro, un collage surrealista en verde, amarillo y anaranjado, que está cambiando las plumas, está trepado sobre una percha de caoba en la sala rigurosamente formal del los Berkowitz. Es una habitación que parece toda hecha de caoba: los pisos de parquet son de caoba, la boiserie y los muebles, costosas reproducciones de grandiosos muebles de época, aunque sólo Dios sabe de qué época. Sillas de respaldo recto, canapés que habrían puesto a prueba la resistencia de un profesor de posturas. Cortinados de terciopelo morado cubrían las ventanas, incongruentemente equipadas con celosías color marrón mostaza. Sobre la tallada repisa de caoba del hogar, el retrato, de marco de caoba, de Mr. Berkowitz, de grandes carrillos y piel cetrina, ataviado como caballero de campo listo para una cacería, con saco escarlata, pañuelo de seda, una trompa de caza bajo un brazo y una fusta bajo el otro. No sé cómo sería el resto de la incongruente casa, pues no vi nada más, excepto la cocina.)
MARY: ¿Qué hay de gracioso? ¿De qué se ríe?
TC: De nada. Es por este tabaco peruano, querubín. Supongo que Mr. Berkowitz es ecuestre.
LORO: ¡Oy vey! ¡Oy vey!
MARY: ¡Cállate! Antes de que te retuerza el maldito cuello.
TC: Bueno, si vamos a maldecir... (Mary musita algo y se persigna). ¿Tiene nombre la criatura?
MARY: Ah. Trate de adivinar.
TC: Polly.
MARY (realmente sorprendida): ¿Cómo lo supo?
TC: De modo que es hembra.
MARY: Es un nombre de mujer, de modo que debe ser niña. Sea lo que sea, es una bruja. Fíjate, toda esa caca en el suelo. Para que yo la limpie.
TC: ¡Qué manera de hablar!
POLLY: ¡Pardiez!
MARY: Son los nervios. Es mejor que nos levantemos el espíritu. (Saca la cajita de lata, los puchos, la boquilla, los fósforos). Y veamos qué encontramos en la cocina. Tengo ganas de comer algo.
(El interior de la heladera de los Berkowitz es la fantasía de un glotón, una cornucopia de cosas riquísimas que engordan. No es raro que el dueño de casa tenga esos carrillos. “Oh, sí”, confirma Mary, “son dos cerdos. El estómago de ella parece a punto de tener las quintillizas de Dionne. Todos los trajes de él son a medida. Nada comprado en una tienda le quedaría bien. Hmm, qué rico. Tengo hambre. Estas tortitas de chocolate parecen muy ricas. Y la torta de moka. No me importaría comer una tajada. Podríamos ponerle un poco de helado encima.” Encuentra dos recipientes enormes y Mary los llena con tortitas de chocolate, torta de moka y cubre todo con un montón de helado de pistacho. Regresamos a la sala con este banquete y lo atacamos como huérfanos maltratados. No hay nada como la marihuana para dar apetito. Después de terminar el plato, y abastecernos de más cigarrillos, Mary vuelve a llenar los recipientes con porciones más generosas todavía.)
MARY: ¿Cómo se siente?
TC: Me siento bien.
MARY: ¿Cómo de bien?
TC: Realmente bien.
MARY: Dígame exactamente cómo se siente.
TC: Estoy en Australia.
MARY: ¿Ha estado en Austria?
TC: En Austria no, en Australia. No, pero ahí es donde estoy ahora. Y todo el mundo decía siempre que era un lugar muy aburrido. ¡Eso demuestra lo que saben! El surfing mejor del mundo. Estoy en el mar, sobre una tabla, montando una ola tan alta como, como...
MARY: Alta como usted. Ja, ja.
TC: Una ola hecha de esmeraldas fundidas. El sol me quema en la espalda, y la espuma sabe salada en mi cara, y estoy rodeado de tiburones. Blue Water, White Death. ¿No fue una película maravillosa? Hambrientos tiburones por todas partes, pero no me preocupan... francamente, me importan un carajo...
MARY (con los ojos abiertos de miedo): ¡Cuidado con los tiburones! Tienen dientes que matan. Quedará lisiado para el resto de su vida. Deberá pedir limosna en las esquinas.
TC: ¡Música!
MARY: ¡Música! ¡Eso falta!
(Como una luchadora mareada avanza hacia un objeto como gárgola que afortunadamente no había notado hasta ese momento: una consola de caoba que es televisor, radio y fonógrafo a la vez. Mary aprieta los botones de la radio hasta encontrar una estación que toca una música estruendosa, con compás latino.
Mueve las caderas, chasquea los dedos, se mece con elegancia pero cierto sereno abandono al mismo tiempo, como si recordara alguna sensual noche de juventud, bailando con un compañero fantasmal una coreografía conocida. Y es mágico cómo su cuerpo, ahora sin edad, reacciona ante los tambores y las guitarras, cómo se contorsiona ante el ritmo más sutil; está en trance, en ese estado de gracia que supuestamente alcanzan los santos al tener una visión. Y yo también oigo la música; me atraviesa aceleradamente como una anfetamina, cada nota suena con la claridad separada de repiques de las campanas de una catedral en un silencioso domingo de invierno. Me muevo hacia ella, entro en sus brazos, y seguimos el compás, paso a paso, riendo, meciéndonos, y aun cuando se interrumpe la música para dejar a un anunciador que habla español con la rapidez del matraqueo de las castañuelas seguimos bailando, porque ahora hemos encerrado a las guitarras en nuestras mentes, igual que estamos envueltos en la risa, abrazados: más y más alto, tan alto que no nos damos cuenta del ruidito metálico de la llave, de la puerta que se abre y se cierra. Pero el loro oye.)
POLLY: ¡Pardiez!
VOZ DE MUJER: ¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí?
POLLY: ¡Oy vey! ¡Oy vey!
MARY: Hola, Mrs. Berkowitz. Hola, Mr. Berkowitz. ¿Cómo les va?
(Y allí están, flotando ante nosotros como dos globos de Mickey Mouse y Minnie Mouse en el desfile del Día de Acción de Gracias de la tienda Macy. Pero no se parecen, en absoluto, a dos ratones. Los ojos enfurecidos, los de ella feroces tras los anteojos de arlequín con marco de lentejuelas, absorben la escena: nuestros bigotes de helado de pistacho, el acre humo de la marihuana que contamina el ambiente. Mr. Berkowitz majestuosamente se dirige a la radio y la apaga.)
MRS. BERKOWITZ: ¿Quién es este hombre?
MARY: Yo no sabía que usted estaba en casa.
MRS. BERKOWITZ: Obviamente. Le pregunté: ¿quién es este hombre?
MARY: Sólo un amigo. Que me está ayudando. Tengo tanto trabajo hoy.
MR. BERKOWITZ: Usted está borracha, mujer.
MARY (engañosamente dulce): ¿Qué dice?
MRS. BERKOWITZ: Dijo que usted está borracha. Estoy escandalizada. De verdad.
MARY: Ya que estamos diciendo la verdad, la verdad que tengo yo que decirle es: hoy es mi último día, me cansé de hacer de esclava negra aquí. Le aviso que me voy.
MRS. BERKOWITZ: ¿Usted me avisa a mí que se va?
MR. BERKOWITZ: ¡Váyase de aquí! Antes que llamemos a la policía.
(Sin más discusión, juntamos nuestras pertenencias. Mary saluda al loro: “Adiós, Polly. Tú eres bueno. Una buena chica. No hablaba en serio.” Y en la puerta de calle, donde sus ex empleadores se han apostado adustamente, anuncia: “Nada más que como aclaración, nunca probé alcohol en mi vida.” Abajo, sigue lloviendo. Caminamos pesadamente por Park Avenue, luego vamos por una transversal hasta Lexington.)
MARY: ¡No le dije que eran pomposos!
TC: De museo.
(Pero la antigua vivacidad nos ha abandonado; el poder del follaje peruano disminuye, somos presa de la desilusión, mi tabla de surf se hunde, y ahora cualquier tiburón me aterraría.)
MARY: Todavía me falta Mrs. Kronkite. Pero ella es buena, y me perdonará si no voy hasta mañana. A lo mejor me voy a casa.
TC: Permítame llamarle un taxi.
MARY: Aborrezco darles dinero. Los taxistas no nos quieren a los de color. Aunque ellos mismos sean de color. No, puedo tomar el subterráneo en Lexington y la ochenta y seis, aquí mismo.
(Mary vive en un departamento de alquiler cerca del estadio Yankee. Dice que era muy pequeño cuando vivía con toda su familia, pero ahora que está sola, parece inmenso y peligroso: “Tengo tres cerraduras en cada puerta, y todas las ventanas clavadas. Me compraría un perro de policía si no tuviera que dejarlo solo tanto tiempo. Sé lo que es estar sola, y no se lo desearía a un perro”.)
TC: Por favor, Mary, permítame que le pague un taxi.
MARY: El subterráneo es mucho más rápido. Pero quiero ir a una parte. Está por aquí.
(Se trata de una iglesia angosta apretada entre anchos edificios a cada lado. Adentro hay dos hileras de bancos y un pequeño altar con una figura de yeso de un Jesús crucificado suspendido sobre él. Un olor a incienso y cera predomina en la oscuridad. Ante el altar hay una mujer escondiendo una vela, cuya luz fluctúa como el sueño de un espíritu vacilante. En otro sentido, somos los únicos allí. Nos arrodillamos en el último banco y Mary saca del bolso un par de rosarios. (“Siempre llevo uno de más”), uno para sí, el otro para mí, aunque yo no sé muy bien qué hacer, pues nunca he usado uno. Los labios de Mary se mueven y susurran.)
MARY: Querido Señor, tan misericordioso. Por favor, Señor, ayuda a Mr. Trask a que deje de beber y consiga nuevamente su trabajo. Por favor, Señor, no permitas que Miss Shaw sea un ratón de biblioteca y se quede solterona. Debería traer tus hijos al mundo. Y Señor, te ruego te acuerdes de mis hijos, de mi hija y nietos, de todos ellos. Y no dejes que la familia de Mr. Smith lo mande a ese hogar de ancianos; no quiere ir, llora todo el tiempo... (La lista de sus nombres es más numerosa que las cuentas de su rosario, y sus pedidos por ellos tienen el brillo sincero de la luz de la vela en el altar. Hace una pausa para mirarme.)
MARY: ¿Está rezando?
TC: Sí.
MARY: No lo oigo.
TC: Estoy rezando por usted, Mary. Quiero que viva para siempre.
MARY: No rece por mí. Mi alma ya se ha salvado. (Me toma de la mano.) Rece por su madre. Rece por todas esas almas perdidas en la oscuridad. Pedro. Pedro.


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